Un hombre feliz,es un hombre hueco.Eric Wilson
No resulta exagerado mencionar que la Felicidad representa la ansiada búsqueda primordial de casi todos los seres humanos a través de su contrastado y accidentado devenir histórico.
El filósofo alemán Georg F. Hegel lo expresó de esta manera: “La Historia debe considerarse desde la perspectiva de la búsqueda y obtención de la Felicidad”.
Por su parte, cada cultura clásica aportó sus consideraciones y acciones en torno a la Felicidad. Cada una lo hizo bajo sus necesidades propias y dependiendo de sus intereses particulares. Por ello resulta tan difícil tratar de hablar de esa Felicidad, la felicidad. Un recorrido histórico, por breve que resulte, nos dará una visión más completa y detallada.
Para la irrepetible cultura griega clásica (siglo V a. C.) los seres humanos estaban capacitados y determinados para influir sobre sus propios destinos gracias a sus particulares acciones. La Felicidad no era una bendición de los Dioses, ajena a su voluntad y albedrío; más bien era algo que se tenía que trabajar y encontrar a través de su conducta de mortales. Los griegos mostraron una gran suficiencia para gobernarse a sí mismos. Esa es una de las grandes diferencias de esta esplendorosa cultura que tanto aportó a las culturas venideras.
La edad de Pericles representa para nosotros, hombres pertenecientes a las sociedades desquiciadas del siglo XXI, un perfecto ejemplo a seguir: una sociedad que se estableció con equilibrio y mesura. Atenas, la gran ciudad griega de la época clásica, resume lo que nuestras tecnificadas y sofisticadas sociedades desconocen; el ineludible balance entre el trabajo eficiente, los placeres y las distracciones que aligeran, refrescan y enriquecen al espíritu.
Para Sócrates, la Felicidad era una parte primordial de la existencia y está al alcance de las personas. Depende de nosotros y sólo de nosotros el obtenerla. A partir de este juicio socrático, varios siglos de historia han sido testigos de esa afanosa búsqueda de la Felicidad que ha llegado a obsesionar a las personas a través de conductas patológicas, medios fuera de la ley, y caminos malsanos y destructivos que atentan contra la salud mental y psíquica. Para el dramaturgo Aristófanes, “La Felicidad de los seres humanos se haya en encontrar el éxito a través de la búsqueda del amor”. Para el filósofo Aristóteles, en cambio, la Felicidad debe ser una de las metas de toda actividad humana. Para él, la Felicidad representa el bien supremo en el arte de la vida; el bien al servicio del cual dependen todos los demás, el fin absoluto y completo. A partir de él y sus brillantes enseñanzas, la Felicidad habrá de constituir, aún en nuestros días, la preocupación filosófica predominante, el fin último de la existencia.
Con la pragmática y eficiente cultura romana acontece algo peculiar con respecto a la Felicidad. Desde su nombre -Roma- se puede vislumbrar poder y prosperidad, grandeza y gloria, majestad y fuerza. Cultura de marcados contrastes, no podía estar ajena a la Felicidad y sus incontables máscaras, disfraces y excesos. Los romanos colgaban de las puertas de sus casas una leyenda: “Hic habitat Felicitas”; “Aquí habita la Felicidad”. El concepto romano de Felicidad es interesante debido a su expresión concisa, directa y a su abierto reconocimiento hacia los placeres y poderes mundanos, que eran un signo fehaciente de la benevolencia que los dioses concedían.
Con la caída del Imperio Romano (404 d. C), surge un movimiento religioso sin igual, el Cristianismo. Éste habrá de prometer otro tipo de Felicidad: la que trasciende lo terrenal, la Felicidad celestial y eterna. Habrá que ganársela a pulso. Para los judíos, la Felicidad se mostraba de varias maneras; la tierra prometida; vivir conforme los Mandamientos de Dios y estar libres de pecados, ganando el favor y la aceptación de Dios para seguir su camino y enseñanzas; la recompensa final del reino de los cielos; la venida del Señor para reunir a su pueblo y brindarles salvación, justicia y paz eternas. Esta filosofía de vida Cristiana puede estar resumida en la frase que inicia el más bello de los libros de la Biblia, “El Eclesiastés”; “Vanidad de vanidades, y todo es vanidad”… “Detesto la vida porque me repugna todo lo que se hace bajo el sol, pues todo es vanidad y atrapar vientos”.
Tanto la Alta como la Baja Edad Media estuvieron perneadas por este pensamiento cristiano. Hubo batallas cruentas y sangrientas denominadas Cruzadas, en las cuales, además del pretexto religioso, se justificaban por intereses mercantiles, comerciales y meramente monetarios. La vileza de los seres humanos ha sido una constante histórica disfrazada con diversos atuendos y credos. La Felicidad seguía siendo una búsqueda frenética que había que alcanzar por cualquier medio posible.
Todos los medios justificaban el fin a través de la Historia...
Ahora, en pleno siglo XXI, nuestros filósofos son Gucci, Cartier, Chanel, Boss, Zegna, Dolce e Gabanna, Burberry, Prada, Ferragamo, Vuiton. Hoy en día nuestros pensadores, filósofos y líderes son; Mercedes Benz, Jaguar, BMW, Ferrari, Porsche, Audi, Cadillac, Rolls Royce.
En pleno Siglo XXI, todos los días nuestra sociedad desquiciada alienta mensajes-mantras como: “Haz realidad tu sueño”, “Logra tu meta anhelada”, “Sólo hazlo”, “Ve y adquiere tu éxito”, “Logra lo que desees”, “Tú te mereces todo”, “Puedes tenerlo todo”, “Mereces lo mejor”, y otras sandeces similares.
La Felicidad sigue siendo la búsqueda primordial de los seres humanos aún en nuestros días. Parece ser una constante del ser humano que trasciende al tiempo y al espacio. La mayoría de los individuos que son encuestados sobre la Felicidad, reportan que ésta les resulta más importante que la obtención de riqueza y poder. Lo mismo acontece entre las opciones: Éxito-Felicidad.
Ahora bien, cuando he preguntado a la gente, ¿qué le haría feliz?, me contestan cosas muy similares: La casa ideal, más dinero, obtener las cosas que desea, más vacaciones alrededor del mundo, más vestidos y zapatos, una camioneta último modelo, más joyas, una cirugía plástica, muebles nuevos, una casa en la playa…
La mayoría nunca menciona aspectos como: más paz interior, mejores relaciones con la familia, seguir amando a su pareja, ver crecer a sus hijos, terminar sus estudios universitarios, su salud, aceptar su vejez con dignidad, la fe depositada en Dios, el sólo hecho de estar vivo.
La creencia generalizada que tener es condicionante de la Felicidad, está enfermando a la gente como un cáncer mortal. La gente considera que no puede ser feliz si no tiene tal o cual cosa. “Necesito tener algo que me haga feliz”. El criterio que predomina es que primero se debe “tener” para que después se pueda “ser”. Vaya sandez. De esta manera, en nuestra sociedad desquiciada siempre estamos corriendo, compitiendo y adquiriendo ese “algo” que tanto nos hace falta para, una vez obteniéndolo, ahora sí poder ser felices. El hobbie por excelencia de las personas hoy en día, es ir de compras (Shoping time). Comprar lo que no necesitan, lo que en ocasiones ni siquiera les complace del todo, pero comprar; atiborrarse de bolsas con productos diversos los hace sentirse importantes y fugazmente dichosos.
De esta manera frívola pretenden darse status y poder ante las personas que los rodean. Impresionar, aparentar, jactarse. También engañarse; porque bien saben que ese efímero gozo es inútil y poco efectivo. Además de tremendamente costoso.
Cuando hablamos de la Felicidad como algo que tener, poseer, comprar; el grave riesgo es que limitamos la Felicidad a cosas, posesiones, bienes. Esta conducta dañina nos hará perseguir a la Felicidad en lugar de ser felices. Millones y millones de consumistas pueden ser resumidos bajo esta simple fórmula:
Dedicas los mejores años de tu vida a trabajar =
Trabajas en algo que detestas sólo para comprar cosas =
Compras cosas que no necesitas pero que te dan un estilo de vida =
Adquieres un estilo de vida que no disfrutas en absoluto =
Conclusión: un completo absurdo
Es muy delicado que pongamos toda nuestra ilusión y fe en cosas externas (materiales) para proveernos de Felicidad. Podemos correr el riesgo de desapegarnos de la Felicidad interior, la cual resulta, por mucho, más certera, duradera y gratificante. Esta Felicidad interior representa el centro del equilibrio entre lo que es y no es la Felicidad; es el centro del balance justo para obtener el éxito que tanto anhelas, pero de manera inteligente, mesurada, plena. Hay que entenderlo de una buena vez: la Felicidad no significa un bien o una cosa. Tienes que llevar tu vida con mayor profundidad y sentido. Tienes que valorar las emociones y experiencias que la vida te ofrece a diario, más allá de lo inmediato, pueril y perecedero. Un buen pensamiento, un valor ético llevado a la práctica, congruencia en la conducta; son bienes más duraderos y trascendentales que un par de zapatos de marca, un coche ostentoso, una casa enorme pero vacía y fría.
El éxito inteligente está en directa conexión con el desarrollo de la Felicidad interior. Está, de igual forma, consciente que la Felicidad es una forma de ser, una actitud de vida, no una cosa que se pueda comprar y utilizar hasta que se arruina. La Felicidad interior representa liberarse del condicionamiento externo enajenante. No tiene que se fabricada, producida, comercializada.
Es inherente a nosotros, preexistente.
Existen una importante y seria cantidad de estudios de afamadas universidades a lo largo y ancho del mundo, así como de un puñado de investigadores, economistas y periodistas (Wilson, Llepart, Watson, Holden, Weiner) que sostienen lo contrario: la felicidad, no tiene que ver directamente con la riqueza económica. La gente rica no es necesariamente más feliz que la gente que no lo es.
El caso es que la búsqueda de la Felicidad ha conllevado a los niveles de neurosis y stress más elevados. Esto es innecesario, ya que la Felicidad no hay que ir a adquirirla, está dentro de ti, forma parte tuya, sólo tienes que incluirla de manera consciente y responsable en cada conducta que realices. Lo que resulta en verdad asombroso y paradójico por el desconocimiento que se tiene de ello, es que la Felicidad interior es algo que todos tenemos. Considero que la búsqueda de la Felicidad es una parte intrínseca de la conducta humana, y forma parte de nuestro devenir existencial diario. Lo que hay que distinguir con claridad, es que existen tantas maneras de buscarla, como personas que la buscan. Sucede un poco lo mismo que con el amor. Cada quien tiene su definición y estrategia, pero es una emoción que está muy confundida y desperdiciada.
La Felicidad también es la gran enseñanza que nos guía hacia una vida más plena, satisfactoria y agradecida. Cuantos más elementos, juicios y experiencias poseemos sobre la Felicidad, mejor será nuestro discernimiento sobre lo que en verdad requerimos en la vida; sobre la inmensa dicha profunda interior, y los placeres efímeros mundanos del exterior. Que quede claro; el dinero no es necesariamente bueno-malo, comprar no es del todo dañino; lo que sí representa un error garrafal, es centrar todas las emociones, deseos y anhelos de la vida, en la persecución frenética alrededor de estas conductas. La Felicidad nos enseña cómo vivir bien, cómo realizarnos y cumplir nuestros objetivos existenciales. Cómo estar mejor con nosotros mismos. Es indudable que cuando estamos felices nos relacionamos de mejor manera con los demás; nos sentimos más ligados a la gente, más confiados, seguros e involucrados con la vida. Estamos más creativos, productivos y fructíferos. En pocas palabras: somos mejores. La verdadera Felicidad nos posibilita ser más exitosos.
Durante el día, medita algunos minutos sobre la Felicidad que tú definas y que desees alcanzar. Si ya la tienes, reflexiona sobre todos los beneficios y placeres que te prodiga y agradécela.
Sé humilde, agradecido, y la Felicidad rondará cerca de ti.