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ENTRE LINEAS Y NOTAS Biosstars

Entre líneas y notas, artículos sobre libros, reseñas, poesía, efemérides y demás. Por: Alejandro Herrera Parra, colaborador de Biosstars International

sábado 6 de febrero de 2010

Cuento Corto

Por: Alejandro Herrera Parra

Y…

Todo era silencio.
Un hiriente silencio cínico y monótono.

Con grandes esfuerzos intenté desesperadamente vencerlo.
Mi fatigado cuerpo de toda una vida hacía todo lo posible para lograrlo pero le resultaba bastante difícil.
Esto producía un molesto estado de ansiedad y una persistencia quizá inútiles; pero algo me decía - siempre nos justificamos así - que tenía que insistir.
Después de una serie de grandes esfuerzos cedió.
Había luz.
Ruidos.
Movimiento.
Traté de recordar los hechos pero los recuerdos se agolpaban en mi cabeza sin orden.
Me incorporé lentamente de aquella silla que tantos años me había mecido. Notaba resignado mi vejez y mi apoyo - el único - era un bastón de hueso que me regalara uno de mis hijos. Los mismos que en tantas ocasiones me asediaban hasta que sin otro remedio les tenía que contar cualquier cuento o historia, la mayoría de las veces inventada por mí, para que finalmente se durmieran.
Pronto me di cuenta que necesitaría un bastón o cualquier objeto para facilitar mis movimientos. Pero el aire en las mañanas era fascinante y me llenaba de jovialidad y de un ridículo entusiasmo.
Creo que esto ayudaba en parte a no sentir en su totalidad el peso de la escopeta, ni la precipitada carrera del caballo tras los perros cada vez que rastreaban algo.
El tablero me desesperaba junto con la inmovilidad de las piezas que esperaban la lenta y estudiada jugada entre cuadros claros y obscuros.
En ocasiones los dedos corrían con tanta libertad por todo el teclado, con fallas en realmente pocas notas y pasajes. Siempre quise tocarla bien de principio a fin, pero era una pieza difícil que requería tiempo, práctica y mucha técnica.
La campana del despertador sonaba como todos los días a las seis de la mañana.
Me daba pena despertarla.
Comenzaba siempre igual otro día. Un baño rápido, un desayuno a medias y frío, escasez de tiempo, nervios, una tarjeta que registraba la hora de entrada y de la salida, ocho interminables horas, y llegar, por fin, a leer un poco y a dormir.
Tenía que hacerlo. Tenía que leer varios libros para presentar mi tesis. La idea me llenaba de ilusiones para el futuro.
Un empleo bien remunerado, casarme, una casa confortable y no sé qué más.
Sentía el calor de su cuerpo junto al mío. Su pulso, el sudor que nos delataba en ese pequeño cuarto sin luz repleto de alientos, dudas, deseos.
Un diálogo de caricias y un cierto temor de ser alguien; de encerrarse en el baño y sentirse cada vez más solitario, anónimo; de enfrentarse consigo mismo.

Y la enorme alegría de ganar en el fut de la calle y de festejar el triunfo en la tienda de la esquina con los amigos y tomar refrescos.
Y cada vez que pasaban los meses crecía el interés y el gusto, después de todo un año, de poder levantarse en la mañana y mirar, con gran expectativa y curiosidad, el ansiado regalo navideño que tanto trabajo nos costaba merecer.
Recuerdo que cierto día le regalé a mamá una rata de plástico que le agradó mucho.
También recuerdo, con dificultad, que andaba por la casa haciendo travesuras y que mis padres me regañaban.
Que al poder por fin andar a gatas me dirigía a…
Los padres, por las noches, tenían mucho cuidado de no despertarlo porque tenía el sueño muy ligero.
Tenían de él muchas esperanzas.

Se escucharon por fin los primeros llantos.
La madre sonrió aguantando aquellas dolorosas contracciones en su vientre.
¿Qué será?
¿Qué sería?
Se preguntaba la madre tratando de ahuyentar el dolor para darse fuerza y ánimo.
¿Qué sería?

En la sala, todo era silencio…