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ENTRE LINEAS Y NOTAS Biosstars

Entre líneas y notas, artículos sobre libros, reseñas, poesía, efemérides y demás. Por: Alejandro Herrera Parra, colaborador de Biosstars International

miércoles 29 de julio de 2009

CINE Y MÚSICA


Entre las entrañas de la Música

Por Alejandro Herrera Parra


Introducirse al universo musical de Zbigniew Preisner (1955), representa un inconmensurable cúmulo de imágenes, sonidos y silencios. Con un oficio indiscutible y una vena compositiva pocas veces escuchada en la historia de la música universal, este genial compositor polaco puede sacudirnos de pies a cabeza con sus tan particulares melodías. Teñido casi siempre por una cierta tristeza que refleja impecablemente la contradictoria y cambiante condición humana, las partituras que Preisner ha escrito para el cine, merecen, desde ahora, ubicarse entre las obras mejor logradas en la historia del enigmático Séptimo Arte.


¿Quién -conociéndolas- no se ha emocionado hasta las lágrimas con las melodías humanas y febriles de la cinta “La doble vida de Verónica”?, ¿quién, de igual suerte, no se ha estremecido con las músicas que le dan forma y sentido a “Blue”?, o ¿quién, rememorando su más tierna infancia, no se ha enternecido hasta el tuétano con la música de la cinta “El jardín secreto”?
Ni qué decir de las melodías soberbias que conforman ese irrepetible “Decálogo” de su también genial paisano Krzystof Kieslowski. Sin olvidar, por supuesto, el “Réquiem para mi amigo”, que Preisner le dedica a Kieslowski cuando este último fallece.


De hecho este dueto polaco representa uno de los más exitosos y propositivos que el Cine ha mostrado en los últimos cien años.
Fecundos, auténticos, creadores y altamente humanos, Preisner y Kieslowski representan a ese par de amigos-artistas que trascienden en lo individual y en lo colectivo, para bien de nuestra emoción y sensibilidad.


No hace mucho -la semana pasada- contemplé algunas declaraciones y entrevistas de este soberbio compositor en you tube.com. No me sorprendió constatar lo que yo imaginaba: Preisner es un artista congruente, sencillo, intenso y modesto. Nada que ver con algunos autores soberbios y vanidosos que andan siempre en busca del coctelitos para lucirse y hacer de su vida de burguesitos almidonados y frívolos, una pasarela simplona y decadente.
Con la música de Preisner constatamos el frío, el hambre, la soledad, el dolor de la partida del amante, la ensoñación del enamoramiento, la crudeza de la soledad, el tajo final de la ineludible Muerte.


Los invito muy animadamente a profundizar entre la música de Zbiegniew Preisner y poder conocer una dimensión artística que va más allá de las imágenes, las formas y los colores; más allá de los sonidos y los silencios. Justo allí donde se revuelcan y fornican las más sublimes y mezquinas emociones del género humano.

Entrevista con Guillermo Arriaga


EL CAZADOR DE HISTORIAS



Guillermo Arriaga: Novelista, cuentista, guionista, cazador, hombre de las calles, esposo, padre de familia, lector incansable, hombre rudo e intenso que encuentra su propia manera de sublimarse a través de las verdaderas hijas de la narrativa: las historias.


Alejandro Herrera Parra.- La pregunta inicial y obligada, ¿cómo nace en ti la idea de ser escritor?

Guillermo Arriaga.- Como nacen las verdaderas empresas que valen la pena en la vida; por las mujeres. En mi caso personal, desde niño me gustaban demasiado las mujeres pero tenía mucho miedo de acercarme a ellas. Entonces opté por escribirles cartas larguísimas y fue ahí que me percaté del enorme valor de las palabras. Recuerdo que a una de estas niñas le escribí tajante y contundente: “Te lo escribo en papel, para que veas que no podré desmentirme”. Yo tenía tan sólo once años de edad…

A. H. P.- ¿Desde esta época escribías cartas, poemas, cuentos?

G. A.- Sólo cartas, para expresar más claramente mis ideas y sentimientos.

A. H. P.- A partir de esto, ¿cómo te diste cuenta de tu talento como escritor en ciernes?

G. A.- Cuando noté que me sentía mucho más a gusto escribiendo que hablando. A los 15 años de edad escribí una obra teatral, ya que en la escuela en la que cursé mis estudios, la Mexicana Americana, era obligatorio llevar la materia de teatro. Recuerdo que decidimos montar la obra con unos amigos cercanos, y justo dos días antes del estreno, algunos profesores me dijeron que si no cambiaba el final, la obra no se representaría. Yo les contesté que no cambiaría el final de mi obra, y por eso nunca se estrenó.

A. H. P.- ¿Qué tipo de pieza teatral era, una tragedia, comedia, melodrama…?

G. A.- Era una historia basada en la vida de un tipo muy desmadroso a quien condenan a muerte, y justo cuando lo van a fusilar le disparan arriba de la cabeza; era más bien una acción para intimidarlo, amenazarlo, para darle una lección. Y él, ante esta experiencia tan fuerte, queda loco. La obra se llamó el ladrillo. Mis compañeros actores y los maestros sí querían que lo fusilaran, pero yo me negué y por ese motivo no se estrenó nunca la obra. Pero todo esto sirvió para reforzar en mi interior una idea básica que siempre he sostenido: una necesidad expresiva que manejaba a través de contar historias. Si yo deseaba dar a entender un concepto, lo hacía contando una historia. El narrar se hizo como parte actoral en mi persona.

A. H. P.- A partir de esta obra de teatro nunca estrenada, ¿inicias en otros géneros literarios?

G. A.- Durante un tiempo escribí cuentos infantiles para Mi periodiquito del periódico Novedades. (Ríe) Como tú y yo somos de la misma generación sabes a lo que me refiero…

A. H. P.- Claro, te entiendo… (reímos)

G. A.- Esto fue de los 18 a los 20 años y sí, ya tenía un firme deseo de dedicarme por completo a la literatura. Yo no provengo de un hogar católico, por consiguiente nunca escuché la palabra “pecado” en mi casa o en las escuelas a las que acudí. Para mí el verdadero pecado es la pobreza, entonces, a los 20 años, mi intención era transformar la sociedad por cualquier medio. Hoy en día me sigue indignando la pobreza, creo que es el mal a combatir. Y por ello en ese entonces quise cambiar mi vocación de escritor por la de político… pero a los 23 años se me infectó el corazón y eso me hizo replantearme todo de nuevo. A partir de ese momento no he dejado de escribir. Encontré mi verdadera vocación.

A. H. P.- Percibo que eres un hombre muy amoroso, sexuado; que las mujeres han sido un motor generador en tu vida y obra. ¿Crees que la mujer, el sexo, la sensualidad, el erotismo, siguen siendo elementos ineludibles para la creación literaria?

G. A.- Ciertamente. Es más, mi obra se compone de dos o tres temas básicos; el sexo, el amor y la muerte. Son temas que me obsesionan constantemente. Ahora bien, yo sí creo que la relación con las mujeres es lo que mueve al mundo, sin darle más vueltas ni giros filosóficos. Y entre más viejo me hago -no sé si te suceda a ti lo mismo- me pongo más animal; el concepto de animalidad pervive y bajo el manto de la civilización existen todavía resortes muy primarios, ancestrales.

A. H. P.- En el plano propiamente sexual ¿cuáles podrían ser?

G. A.- Lo que busca un hombre y lo que busca una mujer; todos los comportamientos para delimitar nuestros territorios, las miradas, los tactos, la relación de poder…

A. H. P.- ¿Consideras que dentro de las complejas y endebles relaciones humanas la apelación sexual siga imperando como esa fuerza motriz primigenia y posibilitadota de casi todo?

G. A.- Absolutamente. Considero que no estamos completos en lo absoluto hasta la complementación con el otro; a través del sexo, del amor, del compromiso… Siempre requerimos del otro.

A. H. P.- ¿Cómo se relaciona Guillermo Arriaga a los 20 años de edad? ¿Es el bicho raro intelectual o intelectualoide que pasa largas horas leyendo y escribiendo sus propias fantasías e historias? ¿Es divertido, casual, mundano, desmadroso? ¿O es aquél que se aísla por propia voluntad y se margina a sí mismo?

G. A.- Hay dos fuentes primordiales para hacer literatura: para unos es la vida y las calles; para los otros son las bibliotecas. Para mí siempre las calles y el monte fueron mis más inmediatas fuentes de inspiración. Nunca me encerré o pretendí aislarme, tampoco fui a antros o discotecas como se les llamaba en nuestra generación. Siempre estuve en la calle o cazando.

A. H. P.- ¿Por qué la cacería?

G. A.- Porque te acerca a verdades muy profundas; te da un sentido de identidad, de pertenencia con la Naturaleza. Los hombres tenemos un millón de años cazando, somos cazadores natos…

A. H. P.- Pero los hombres primitivos cazaban por una necesidad clara y precisa; alimentarse…

G. A.- Sí, pero los genes son los genes. Todos los seres humanos estamos sentados en un trono de sangre, somos la especie depredadora por excelencia. Este pantalón de mezclilla que ahora visto, lo tengo porque quemaron varias hectáreas de bosques para procesar el algodón…

A. H. P.- ¿Qué sientes al cazar? ¿Es una relación de poder, comprobarte a ti mismo varias cosas, un simple y frívolo hobbie?

G. A.- Te repito, es simple y llanamente una sensación de pertenencia. De acomodarte en el lugar que te corresponde. En la caza te gusta sentir el lodo, la lluvia, el viento, el olor a sangre, tu vulnerabilidad y la de la presa, te gusta sentir la pertenencia real de tu vida en el mundo. Te vinculas con otros cuerpos de maneras diferentes y desconocidas; los tocas, los cocinas, te los comes… es un mundo muy cruel, demasiado fuerte. Es un rito que hemos hecho los seres humanos a través de nuestro devenir.
Por ello no resulta curioso que en todas mis obras mis personajes se comporten como verdaderos cazadores. El cazador tiene que hacer una lectura rápida de todas sus circunstancias inmediatas. Mi obra completa surge de mi experiencia vital. “Amores perros” nace a partir de mi perro cofee, el cual se salía a las calles y mataba a otros perros. Nunca lo peleé, pero era un perro muy salvaje; “Un dulce olor a muerte” sale de mis experiencias con ejidatarios de Tamaulipas; “Retorno 2001” es el nombre de la calle donde viví en la Unidad Modelo, ahí están contenidos todos los personajes importantes o significativos de mi cuadra… sí, la calle es mi mundo.

A. H. P.- ¿Consideras que es el mismo lenguaje el que utilizas en un guión cinematográfico, que el de una novela o cuento?

G. A.- Tanto lo que escribo para el cine como para novela o cuento, parten de un mismo corpus, cualquiera puede darle un seguimiento de DNA a todo lo que escribo. Todas mis obras están ligadas inexorablemente. Son mis preocupaciones temáticas, éticas y estilísticas las que vierto en cada hoja en blanco. Escribo una novela o un trabajo para cine con el mismo rigor y cuidado para que suene bien el lenguaje, que tenga aliteración, que los diálogos estén bien estructurados y fluyan libremente…

A. H. P.- Al tener Guillermo Arriaga esta actitud de vida fuerte, ruda, de cazador, de sangre, de sexo, de extremos… ¿cómo se comporta en familia, cómo es con sus dos hijos, qué mensajes les da, es amoroso con su esposa?

G. A.- Soy abierto, cariñoso, cercano. A los dos los he invitado a cazar, mi hijo es un obseso de la cacería, con mi hija me cuesta mucho más trabajo. Con cada uno de ellos tengo una identificación distinta pero cordial e íntima. Ambos leen mucho, les encanta el cine, y más que todo, los dos hacen de su vida lo que realmente desean. Son jóvenes libres y responsables. Si algo aprecio de mis padres es que me dejaron hacer lo que yo siempre quise. Fui una persona libre desde mis elecciones religiosas, académicas, profesionales.
Con mi esposa comparto muchos gustos. Creo que eso es lo más importante en una relación de pareja; las coincidencias, las afinidades. Nos gusta ir al cine, a cenar, platicamos demasiado, proyectamos a corto plazo diversas cosas…

A. H. P.- Actualmente existe una generación de escritores jóvenes en la que te incluyo -porque tú y yo somos muy jóvenes- (reímos) Jorge Volpi, Jordi Soler, David Miklos… ¿Consideras que en México existe en verdad un movimiento joven literario?

G. A.- No lo creo. Desde que inicié mi carrera procuré no vincularme con tal o cual grupo literario, no pertenezco a ninguno de ellos; desde un principio hice mi carrera de escritor completamente al margen de cualquier grupo o de cualquier preocupación generacional. Mi obra, por ejemplo, no tiene nada que ver con la de Volpi, no hay referentes, conexiones, nexos, nada. Guardo muchas distancias con la mayoría de los escritores porque no encuentro coincidencias ni similitudes con relación a mi actitud de vida. Yo tengo una necesidad incesante y compulsiva de contar historias. Tengo una preocupación obsesiva por el lenguaje, siempre y cuando éste me conduzca a contar una buena historia. Soy enemigo de los escritores que dicen que el lenguaje es el protagonista.

A. H. P.- ¿Qué sucede entonces con James Joyce, Guillermo Cabrera Infante, Francisco Umbral, Alejo Carpentier?

G. A.- No son escritores que están en mi corazón. Pero si está William Faulkner. Existe desde siempre una tradición literaria que es muy sencilla, la de los contadores de historias. Yo pertenezco a ella.

A. H. P.- ¿Cuáles son algunos de tus escritores predilectos?

G. A.- Fiodor Dostoievsky, Sthendal, Leon Tolstoi, Juan Rulfo, Martín Luis Guzmán, Ernesto Sábato, William Shakespeare, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Pío Baroja, Sam Shepard, Kerouac, Bukowski…


A. H. P.- ¿Qué tanto asumes tu oficio de escritor en la vida diaria?

G. A.- En cualquier momento y lugar lo ejerzo. Siempre, siempre estoy contando historias, buscándolas, desarrollándolas. Esté donde esté. No puedo desligarme del hecho de escribir día a día.

A. H. P.- ¿Te has acercado a la poesía?

G. A.- Poco, creo que las narradores puros no somos muy dados a llevarnos con los poetas puros. Me gustan los poetas que cuentan cosas. Insisto, desde niño me explico el mundo, mi mundo, cazando y contando historias. Y el poeta no cuenta historias, sino más bien trata de extraer su propia experiencia para presentarla a través del lenguaje.

A. H. P.- ¿Estás satisfecho siendo Guillermo Arriaga?

G. A.- Sí, me acepto. Me gusta lo que hago y soy muy afortunado por poder vivir de lo que en verdad me apasiona. En mi caso, las historias, más historias, siempre las historias…

miércoles 22 de julio de 2009

MEXICANOS AL GRITO DE GÜEVA

Por Alejandro Herrera Parra

EL POLICÍA

Este es otro personaje ineludible dentro de nuestra folklórica ciudad-capital, quien raya en lo burdo y lo sinceramente absurdo.
Parece estar cortado con la misma defectuosa tijera que sus colegas-paisanos, tanto por sus atributos físicos, como por su rudimentaria y arcaica conducta.
Posee, quizá como muy pocos seres humanos sobre la tierra, una formidable vocación para el soborno, la corrupción y la negligencia.

Flojo, indisciplinado, ignorante, barbaján, limitado, corriente, pintoresco, borracho, mentiroso y transa, representa - uniforme y chapa respectivas - a la ley en nuestras calles, comercios e instituciones bancarias.
Las semejanzas lingüísticas con relación al burócrata y al albañil son sorprendentes en verdad, debido a que todos ellos proceden del mismo árbol genealógico.
Existen casos cotidianos notoriamente famosos que hablan en abundancia de este personaje.
Uno de estos, quizá el más conocido y nombrado, es la manera en la cual agilizan el tráfico en las calles y avenidas de nuestra contaminada ciudad.
A través del sonido de las destartaladas patrullas, uno puede escuchar una siniestra voz chillona prepotente y apática gritando: ¡Avance, avance, avance¡ con una desesperante monotonía fonética.

Otras expresiones inmortales como:
Oríllese a la orilla, sedán negro oscuro deténgase ahí, avance pa´delante; son joyas semánticas abominablemente curiosas y aberrantes, las cuales debemos conservar como un verdadero orgullo nacional.
Ahora bien, ver bajar a estos personajes de sus patrullas, resulta una prueba irrefutable de la teoría de Darwin.
Por lo común panzones, descamisados, sin casco o gorra, desparpajados, sucios y en una actitud de inconmensurable flojera, se acercan a nuestro vehículo para empezar un diálogo por demás curioso.

¿Qué pasó mi buen, mi estimado, mi güerito, mi valedor? Pos que no se dio cuenta que se pasó el alto…¿no le digo? Aver sus papeles, deje verlos…¡Apoco viene servido?… (al observar que todos los papeles están en orden, desolado pregunta:) Qué…¿cómo le vamos acer? Nos va a tener que acompañar al m. p. (ministerio público)… ¡Ah, no sea payaso¡ esto no alcanza ni para el chesco…el pareja también tiene hambre… búsquese bien…ahí tiene, no se haga, aunque sea también pa la torta.

Una experiencia en el Ministerio Público es algo en realidad inenarrable que en lo absoluto se le desea a nadie, ya que los supuestos licenciados que ahí trabajan están al mismo nivel de los insignes policías.
Todavía recuerdo mi lamentable experiencia.

Me habían asaltado retirando dinero de un cajero automático (había pagado el seguro por vivir en esta ciudad) y los ganapanes se llevaron todos mis papeles, credenciales e identificaciones personales.
Entre todos estos documentos, estaba mi recién plastificada Tarjeta de Circulación.
Ahora, después del desafortunado suceso, había que reponerla por una nueva para evitar problemas posteriores y para llevar al cabo los correspondientes trámites de cambio de placas y pago de tenencia.
En estos tristes casos, lo primero es acudir a la Delegación correspondiente donde sucedió el percance para dar cuenta y levantar un Acta que nos protege de cualquier acontecimiento ilícito posterior.

Llegué a la Delegación correspondiente y me acerqué al mostrador.
Atrás de éste había tres sujetos platicando acaloradamente de los resultados futbolísticos del fin de semana.
Los tres me vieron pera nadie se acercó a mí ni me dirigieron palabra alguna.

Buenos días, comenté con una voz tranquila y controlada.
Igual resultado.
Buenos días, Licenciados, repetí en un tono más alto.

Dígame. Contestó uno de ellos con un tremendo enfado.

Vengo a levantar un Acta. Me asaltaron…

Están desayunando. Siéntese; en un momento regresan. Me contestó el que parecía ser el jefe de los otros dos. Esto lo deduje porque tenía los pies sobre el escritorio y porque era el que lideraba la interesante plática.

Perdone, ¿Tardarán mucho? Pregunté con cierta ingenuidad.

¡Están desayunando! Siéntese. Volvió a decirme el jefe en tono firme.
Esperé cerca de cuarenta minutos y nada.
Nadie aparecía.
Algo que me consoló un poco fue que al igual que yo lo hiciera, fueron sentándose personas que llegaban por varias razones y que terminaban, como en mi caso, sentados en una banca de madera pintada con un color azul cielo deleznable tipo pueblo michoacano.
Desesperado, me levanto y me dirijo de nuevo hacia este trío de inútiles.
Antes de llegar al mostrador, el jefe le comenta a uno de los Licenciados con indiferencia manifiesta: Atiéndelo tú. A ver qué quiere.

Pásele. Me contesta el Licenciado indicándome que pasara detrás del mostrador. Es decir, del lado donde ellos estaban platicando.
¿Qué le pasó?

Me asaltaron y me robaron todos mis papeles. Vengo a hacer una reposición.

¿Dónde fue? Me interrumpió con brusquedad.

En San Angel.

¿En qué calles? San Angel es muy grande.

Entre las calles de… la que está en… la que desemboca a Revolución a la altura del mercado…

¿Cómo se llama?

No lo sé. Contesté casi atemorizado y empezando a sentir unas sinceras ganas de escupirle en la cara al tinterillo de mierda que tenía en frente.

En la Sucursal de qué banco. Volvió a preguntar el sujeto.

Bancomer…

Ya sé cual es. Pero creo que está fueras de nuestra jurisdicción. Espéreme.
Se levantó y cruzó unas palabras con los otros dos personajes quienes seguían platicando del tan amado deporte mexicano.
Se sentó, sacó una hoja de papel, la metió en una máquina de escribir de los años sesenta y sin mirarme me espetó: Describa el caso brevemente y no invente nada.
Empecé a narrar mi cotidiano acontecimiento citadino y él a escribir con una rapidez evidente.
Terminó y se dirigió hacia los otros dos con una lentitud y flojera inmensas.
Lo curioso del caso es que era día lunes a las 9:15 de la mañana.
Regresó con un garabato inmenso (la firma del susodicho jefe) que casi ocupaba la mitad de una de las hojas escritas y me comentó: Tiene que ir a pagar a la Tesorería su reposición. Cuando pague, regresa.

¿Dónde queda la Tesorería, Licenciado?

Hay varias. Pero la que le agarra más cercas es la de Insurgentes, a la altura de San Angel…
Después de definir bien la ubicación de la Tesorería me dispuse a salir.
Evidentemente volví a preguntar en la calle a otro oficial quien me dio, ahora sí, la verdadera ubicación de la oficina de Tesorería.
Al llegar a esta insigne dependencia de gobierno, sentí una enorme flojera por los trámites y las colas que tenía que hacer. Pero no tenía otro remedio.
Perdone señorita vengo a pagar una reposición de Tarjeta de circulación.

Caja tres. Me interrumpió una morena más bien rolliza y con un rostro de sincera amargura.

Buenos días caballero, vengo a pagar esta forma…
Silencio absoluto. Dos sellos en el original y la copia y una mirada de quítese que hay gente detrás de usted esperando turno.
Contento, más bien entusiasmado, me dirijo hacia la Delegación.
Entro, y para sorpresa mía, sólo estaba el jefe de los sujetos anteriores pero ahora acompañado por otros tres ejecutivos de la misma calaña.
Licenciado, ya pagué la forma para reposición de mi...

¿Quién lo atendió?

No sé, era un Licenciado con traje color café claro.

El Pedro. Contesta uno de ellos al jefe que permanecía sentado sin muchas ganas de moverse y de atender a la gente.
Está desayunando. No tarda. Espérelo.

Oiga, pero ya pagué y llené los trámites correspondientes. Tengo prisa.

¿Y qué quiere que haga?

¿No me puede atender otra persona?

No, tiene que ser el que le levantó el acta porque él también tiene que firmar.
Espérelo.
No contesté y me senté sintiéndome un absoluto imbécil impotente ante tanta insolencia e ineptitud. Y pensé; entre otras cosas, que nos descuentan tantos impuestos cada mes para que salgan los sueldos de estos atarantados ineptos.
Decidí calmarme y contar hasta… ¡mil!

Por fin, después de veinte minutos apareció el bodoque que me atendió en un principio con un palillo entre los dientes y oliendo a quesadilla y salsa.

Pásele. Me dijo con la misma flojera y casi hasta enojado porque no le permitía hacer la digestión de su mazacotuda tragadera.
El pago…

Aquí está Licenciado. Le respondía con todo el sarcasmo, y de repente se me abrió el entendimiento y llegué a concluir que si uno se manifiesta del bando de estos pseudo licenciados, logra mucho más que pretendiendo ser civilizado, paciente y tolerante.
Empecé a ubicarme como su amigo de toda la vida.
¿Y qué tal está la chamba jefe? ¿Ha de estar dura, no?

Algo…

Oiga, qué habilidad tienen ustedes para resolver tantos casos al día. ¿Cómo le hacen?

Pus hay que darle macizo, la práctica, es pura cosa de práctica, usted sabe.

¿Ya tiene tiempo en esta Delegación, Licenciado?

Más o menos…
Ya me imagino las cosas que no ha de ver visto…

De todo. De todo un poco.
Aún no había logrado abrir la llave del diálogo y de la camaradería mexicana tan reconocida allende nuestras fronteras. De repente, y como una maniobra de sagacidad y tino, pregunté con cierto descaro:
¿Y a qué equipo le va, jefe?

A las chivas…

¡Vaya, usted sí sabe de futbol! Yo también le voy al rebaño sagrado. Pero van muy mal, ¿No?

De la jodida. No han ganado ni un pinche punto en tres partidos.

¿Contra quién vamos?

Contra la máquina… va a estar cabrón que gánemos…
Yo estaba feliz. Por fin había logrado diálogo y quizá, por simple solidaridad futbolística (aunque evidentemente no le voy a este naco equipo y me importa un carajo el mediocre futbol nacional), podría hasta ahorrar bastante tiempo en los odiosos trámites.

¿Usted no jugó de chavo?

Algo, pero cascarita, ahí en la cuadra con los compas…

¿Qué posición?

La que cayera. Es lo mismo…
De vez en cuando yo era interrumpido por el diálogo que atrás de nosotros tenían el flamante jefe y sus lambiscones subalternos.
Nombre, está poca madre este traje que te comprastes. ¿Cuánto te rifó?

Trescientas lanas. ¿Está varas verdad?

Regalado. Te manchastes con ese precio. ¿Todavía vende ropa su cuñado de tu esposa?

Nel, el güey se abrió porque un día lo abarataron en Tepito con toda su mercancía. Ahora está de velador el güey, pero me dice que se queda dormido bien seguido y nadien se da color.

Yo le llegué a comprar un saco muy chido. Padrotón. Y también me dio buen precio…

Ahora se dio al pedo. Tiene problemas con su ñora.

Es que ese güey es muy manchado. Tiene un resto de movidas. ¿Cómo le hace si gana una madre?

Sabe…
Entre el diálogo y la conversación que tenía con el Licenciado que me estaba levantando el Acta, perdí por momentos el control y concluí con una sincera carcajada ahogada.
Pensé, en manos de estos mequetrefes salvajes está la ley en nuestro país….

Va a ver que le vamos a dar a la máquina.

Nombre, qué va, tan duros esos valedores. A ver léalo con calma y si hay algo equivocado me dice, sino, firma y ya estuvo.

Gracias, Licenciado.
Empecé a leer y me maravillé. “Siendo las trese horas del día quinse del mes en transcurso, en su sucursal del banco de nombre Bancomer, ubicada entre las colindancias de las calles de…”
Era una verdadera joya leer tanta falta de ortografía en medio de una elegancia sintáctica que el mismo Francisco de Quevedo hubiera envidiado.

Muy bien, Licenciado, Todo está clarísimo.

Firme el original y las copias. Que su firma no rebase este límite…

Gracias , Licenciado. ¿Ahora qué sigue?

Tiene que ir la oficina de licencias y tarjetas de circulación que está en las calles de…

Era realmente algo insufrible poder adquirir una maldita Tarjeta de Circulación en menos de seis horas.
Agradecí, salí y me dirigí hacia la otra dependencia.

Lo que también ahí sucedió puede fácilmente imaginarse.
Formas, sellos, colas equivocadas y volverse a formar, mala información, jetas, tortas en algunos escritorios, comentarios pintorescos, ineptitud al máximo y el instinto manifiesto por parte de estos gangsters funcionarios de que uno dé una mochada y se puedan agilizar inmediatamente y casi por milagro todos los trámites correspondientes.

La siniestra verdad y paradoja de este país, es que con un billete más bien pequeño, uno se evita muchas molestias, y así haya cometido una infracción grave, uno agiliza todo por obra y gracia del dinero y sigue su camino campante y con la consciencia absolutamente tranquila y limpia, fomentando y manteniendo la corrupción y la “mordida”.

Este mexicanísimo sistema y actitud de vida, como se verá en otros personajes y funcionarios públicos, se da en todas las negociaciones que uno pueda imaginar.
Tal vez, después de la descarada falta de educación que aqueja a esta insigne nación, la corrupción sea el más grave y costoso cáncer que aqueja y cercena a nuestro país desde hace siglos enteros.

Finalmente, y como otra de sus innumerables virtudes, el policía y el funcionario policíaco es en verdad una maravilla como comensal y degluta prácticamente de todo: Tacos, tortas, sopes, tamales solos y en su presentación de lujo (la guajolota), gorditas, tostadas, quesadillas, garnachas, pozole, panza, cervezas, su ineludible refresco de cola, caldo de gallina, chilaquiles, elotes, pepitas, habas, cacahuates…en fin; gran parte de lo que caracteriza a nuestra deliciosa y nutritiva comida mexicana.

El consejo sincero para nuestros lectores, es no acudir a estas dependencias de gobierno para realizar trámites en horas de alimentos.

El problema es que tragan todo el día.
El precio es muy alto y tardado.

martes 14 de julio de 2009

POEMA SUELTO


MI CIUDAD

Por Alejandro Herrera Parra

A Efraín Huerta,
con toda su poesía por delante.

Yo hablo de la ciudad que nace y muere cada día,
que se levanta con el tedio de las horas diluidas
en un limbo de hastío, smog y desempleo;
yo hablo de la ciudad, esta antigua geografía de miserias,
secuestros y delitos. De sus calles, antros y oficinas
y de la amorfa humanidad que la hormiguea.
Hablo de la ciudad que se enrosca en su propio cascabel y veneno;
que se mata a sí misma en cada anónimo habitante.
Yo hablo de la ciudad donde ya no hay sitio,
donde se amontona la gente, los ideales, la basura;
donde se trafica con la sangre y los salarios.
Donde se convive con políticos de falsas dentaduras
que nos hablan en una lengua extraña de burla e irreverencia;
donde se mendiga en cada esquina con
fantasmas que transcurren sus días casi muertos, secos y drogados.
Yo hablo de la ciudad de las banquetas destrozadas,
de los árboles de plomo y los pájaros de arcilla.
De la fritanga, el charco y la inmundicia; de la enfermedad,
la caspa y las ojeras; del consuelo inmediato del taco y la cerveza.
Del burócrata autómata y su perfumada idolatría,
de su pequeño mundo enajenado, milagrero,
austero y predecible; de su mariachi, su tequila, su acicalada familia.
Yo hablo de la ciudad, de mi ciudad,
ésta, la cínica rabiosa atormentada.
De sus calles en las cuales se deja el alma, la cartera y la sonrisa;
hablo del infame demonio del hastío,
de la perra incertidumbre agazapada y el ansia purulenta
por devenir entre el temor de morirse a cada instante
por un cabrón que reclama sus derechos, su mota, su fatídica mochada.
Yo hablo de la ciudad que da cabida a tanta gente
que en amorfos grupos evidencia sus ideales
con eternas marchas descompuestas.
Ah, ciudad atormentada.
Ah, ciudad ya sin consuelo, sin parques ni recreos.
Yo hablo de la ciudad de las interminables horas
diluidas en el auto respirando mierda y humo
a través de los tableros, y contemplando
lejanos rostros de impávida amargura;
de las peceras que vomitan gente donde sea,
oxidadas láminas que se acercan,
nos provocan y nos retan por placer o por costumbre.
Yo hablo de la ciudad del alcohólico que por las noches
se contenta con tender su cama en las aceras,
aquél que no tiene cubiertos, ni siquiera un mordisco
por consuelo; de la ramera que oficia entre las ingles,
el desvelo y las monedas; del suicida que se reta ante el espejo,
se agacha, se vuelve a ver y no se anima;
de la honorable señora regordeta que
contempla sus tejidos y sus rezos,
sus fotos de familia y todos sus almidonados recuerdos.
Yo hablo de la ciudad del metro serpenteante
en el cual suceden actos que dan pena,
lástima e indolencia; del insólito ciego deambulando,
del atroz cantante sin remedio, del verídico hedor de la pobreza
y de la mirada perdida de todos
los viajeros con destino a la chingada.

Yo hablo de la ciudad a la que yo le importo madres.
La que a veces amanece entre brumas sin querer
mostrar su rostro verdadero. La que seduce con un puñado
de turbias nubes y vespertinos aguaceros.
Ésta, mi ciudad, mi última condena.
El lugar donde las voces se reflejan;
donde camina a tientas la esperanza esquivando fosas y rastrojos.
Donde respira, quedamente, la ilusión de ser cordial,
intencionado, por lo menos amigable.

Ah, ciudad tan perra y tan odiosa.
Ah, ciudad que me atas y desbordas.
Ah, ciudad que me desvelas sudoroso.
Que me prometes tanto y sin respuesta.
Te transito, te recorro, te maldigo.
Te señalo con mis siniestros dedos tumefactos
y te declaro mi pena y mi tristeza siderales.
Te sueño, te alucino y te denuncio. Y nada basta.
Nada bastará para saciar mi estéril desenfreno,
mi pena coagulada y mi tesón erecto.
Mi húmedo deseo y sin abrir los ojos.
Yo hablo de la ciudad que se llevó mi infancia
entre balones, dulces y tranvías.
Que compartió conmigo el silencio de mis dudas y temores,
mis anhelos estirados hasta el filo de la angustia,
mi fracaso anticipado entre mis blandos huesos.
Yo hablo de la ciudad a la que siempre regreso cargado de proyectos.
A la que no puedo dejar como a una esposa odiada;
a la que siempre recurro cuando me siento triste,
solo y un poco enamorado.
Hablo de ti, ciudad, y no me escuchas.
Hablo de ti, maldita ciudad, y no respondes.
De tus noticias rojas en tabloides estelares,
de tus clamores de odio por todas tus esquinas,
de tu triste papel de señora despojada.

Hablo de ti, ciudad, de ti, de ti, insolente cabrona.
Hablo de ti, ciudad, como a una madre,
y pregunto con lágrimas secretos sin respuestas.
Yo hablo de la ciudad en la que habito y me retuerzo;
en la que decidí formar paredes y destinos.
Yo hablo de la ciudad que flota por las noches
y que sacude su larga cola entre gritos y gemidos.
De sus cantinas, escuelas y comercios.
De sus puentes, cruces y avenidas.

Hablo de ti, ciudad; te lo confirmo con mi pulso
y con mi llanto, con la impotencia toda de saberte mía y ajena,
millonariamente compartida en este
individual desfile de espanto y muerte.

viernes 10 de julio de 2009

MEXICANOS AL GRITO DE GÜEVA


LA BURÓCRATA

Por Alejandro Herrera Parra

Muestra semejanzas impresionantes en conductas, creencias y hábitos con respecto a su colega del sexo opuesto, tanto en el trabajo, como en su actitud hacia la vida diaria.
Sin embargo, posee rasgos característicos que la hacen ser un ejemplar muy interesante y peculiar.
Es recalcitrantemente religiosa, ya que entiende el devenir del universo - su universo y el de sus seres queridos - sólo a través de los milagros de la Virgen de Guadalupe, o de cualquiera otra santidad reconocida, reverenciada y milagrosa.

Es poseedora, como casi ningún otro ser sobre la tierra, de una asombrosa facilidad para el chisme, la intriga y la envidia.
Esta última facultad la aplica sobre sus colegas del mismo sexo a quienes aborrece con sinceridad.
Hábil cocinera y destacada fritanguera, lleva toda clase de alimentos a la oficina y empieza a deglutirlos con ánimo durante buena parte de la mañana, impregnando toda el área de su oficina con diversos aromas culinarios.

Su herramienta de trabajo predilecta es el teléfono.
Puede utilizarlo por horas y el trabajo esperar todo el día, toda la semana, todo el mes.
Suele aparecer a su oficina con tubos en la cabeza, sin pintura en el rostro y empezarse a embellecer (cremas, maquillaje, peinado, uñas) con un cotidiano descaro y siniestra disciplina.
Vendedora innata, promueve gran cantidad de productos entre sus compañeras-manitas, con lo cual se ayuda en su, por lo general, endeudada economía familiar, ya que como el ejemplar varón, también resulta ser una compradora compulsiva de chácharas inútiles y corrientes.

Tiene su lugar de trabajo (escritorio) lleno de ridículos objetos inservibles: macetitas, peluches, fotos de su familia, el primer dibujo de uno de sus hijos, una imagen religiosa (nuevamente la omnipresente Guadalupana), tarjetas postales, dulces, figuritas de porcelana, pero nunca, la fotografía de su marido.
Establece con enorme facilidad y soltura pláticas de escritorio a escritorio sobre tópicos tan relevantes como la papilla del recién nacido, el color del excremento de dicha criatura, el resumen de la comedia de moda, alguna receta de un caldo, de un pipián, de un entomatado o de nuestro complejo mole poblano; alguna queja extrema del ex marido o del marido actual, e invariablemente comentarios tendenciosos sobre alguna compañera odiada del trabajo.

Dependiendo de su edad - y también de ciertos escasos valores morales - las más jóvenes y recién maduras se disputan al jefe inmediato (de preferencia casado) y promueven sus ascensos laborales en bares y hoteles de paso. Algunas, las menos, llegan a tener más de un vigoroso semental que las promueve gracias a ciertos trabajos especiales, no necesariamente forzosos, pero sí sudorosos.
Pese a lo anterior, es en extremo rigurosa con la educación sentimental de sus hijas y no permite que estas hagan ningún tipo de cosas indecentes con sus novios, ya que nunca, por ningún motivo, olvida su religiosidad y su teórica moralidad.

También está repleta de comadres, de fiestas patronales, de días por guardar, de mandas, de celebraciones, de cumpleaños y de pretextos para comprobar sus abundantes dotes culinarias que se evidencian en su descuidada y rechoncha anatomía.
La semejanza con sus colegas masculinos en cuanto al lenguaje es asombrosa. Sólo habría que destacar que para todo inicio y final de frase utiliza el término manita (sinónimo de amiga).
Puede decirse, entonces, que esta facultad lingüística nacional es unisex.

Mención muy aparte y especial merece el verbo decir, el cual utiliza con una constancia en verdad obsesiva y exasperada.
De hecho, para toda oración es utilizado, creando fonéticamente una atmósfera por demás ridícula.
A continuación se muestra un simple ejemplo de entre miles de ellos de esta académica y eficiente manera de expresarse y comunicarse con sus semejantes:

“No manita agarra y dice que no le gustó dice y le digo que ella tiene le digo la culpa y me dice que le dijo que no sabía nada de nada dice y me dice que todavía lo quiere y le digo que sí está bien le digo que lo quiera mucho y lo respete le digo pero ella agarra y me dice que le dijo…” y así hasta el cansancio.

Algo muy semejante con relación a su colega masculino sucede con el vestir: Las flores de múltiples formas y colores semejando selvas tropicales, las estolas plastificadas de diferentes tonos, los zapatos imitación charol, y la vasta joyería de fantasía forman parte de su elegante indumentaria y ajuar.
Mención aparte merecen también los peinados que utiliza para fiestas importantes como quince años, bodas, bautizos y graduaciones.
El problema es que esos chongos y caireles son prácticamente indescriptibles por escrito. Tiene uno que verlos para creerlos. Más o menos, son unos remedos e híbridos entre el Palacio de Versalles y nuestro inconfundible Cerro del Chiquihuite.

La palabra dieta está excluida de su vocabulario, y la filosofía existencial de “es más importante gozarla y no privarse de nada en esta corta vida”, que cuidarse y tener un cuerpo sano, le posibilita desarrollar hasta el hartazgo sus heredadas recetas y guisos, los cuales con tanto orgullo transmite de generación en generación como un elemento primordial de educación y eslabón inamovible familiar.
De hecho, más importante que la dote en un matrimonio, resulta el hecho de que la hija o la nuera sepan cocinar con una sazón semejante a la de ella y a la de las difuntas, venerables y siempre sabias abuelas.

En el trabajo es de una puntualidad impecable (únicamente a la hora de la salida) y cinco minutos antes del término de su jornada ya tiene perfectamente limpio su escritorio para no perder ni regalar un sólo segundo a la empresa.
En cuanto a lo sociable y a lo bailadora, muestra abiertas similitudes con su colega masculino.
De la misma filosófica manera que su semejante varón, espera su jubilación para juntar su pensión con la de su gordo-viejo-pelón (esposo, aunque esté delgado y con cabello) y vivir en santa paz con sus hijos, nietos, comedias, guisos, fiestas, milagros, gordura, fotografías y recuerdos.

miércoles 8 de julio de 2009

HONOR A QUIEN HONOR MERECE


Por Alejandro Herrera Parra

Sin lugar a dudas, la noticia más arrolladora del día de ayer (me atrevería a decir que del año) fue el sepelio de Michael Jackson en California, USA.
Hay algunos puntos que me interesa destacar de este singular evento, el cual ha sido, en su género, el más taquillero y más visto por millones y millones de personas en todo, sí, en todo el planeta azul.
Más allá de las ineludibles lágrimas de familiares, amigos y fans de esta singular figura artística del pasado siglo XX; de la impecable organización de todo evento, y de su amplísima cobertura; el hecho de que predominara un mensaje de paz tendiente a la religiosidad y al agradecimiento al Ser supremo (cualquiera al que cada uno de nosotros desee referirse).
Esto me agradó porque considero y creo que en estos días -más bien en estas últimas décadas que hemos vivido- la gente está cundida de materialismo, frivolidad y vanidad excesiva. Siempre se agradece que haya personas que a su vez agradezcan la salud, la compañía, la amistad, el éxito y trascendencia de un artista. Llámesele hermano, amigo, ex amante, pareja o simplemente fan. También me sorprendió gratamente el giro que tomaron las cosas ante tantas calumnias -nunca sustentadas- que en vida sufriera este maravilloso negro-blanco: En particular esa mezquina persistencia de su pederastia y egocentrismo, que tanto daño le hicieron a su fama. Porque su trayectoria siempre estuvo marcada únicamente de éxitos y reconocimientos.
No pretendo parecer naif ni sentimentaloide, pero sí deseo quedarme con el beneficio de la duda, como miles de millones de personas que preferimos pensar que Jackson no incurrió en conductas tan nefastas como las que le achacan. Ahora bien, si así fuera el caso, satanizarlo menos de lo que se hace, ya que no es el único con estas tendencias sexuales desviadas. Tan sólo hay que echar un vistazo -aberración de aberraciones- a nuestro impoluto clero y darnos cuenta de atrocidades que nunca se castigan ni señalan más allá del insufrible noticiero amarillista de la noche y san se acabó.

Me sigo quedando con la imagen que se manejó ayer al medio día, de que Jackson fue un buen hijo, hermano, padre, amigo e insuperable artista.
Me quedo, insisto, con sus magníficas interpretaciones y con su insólita y revolucionaría manera de bailar; con sus donaciones (300 millones de dólares que no son simples cacahuates) a instituciones que en verdad requieren ese dinero; con el testimonio de una de sus hijas ayer por la tarde, el cual, en tan sólo diez minutos, fue visto y escuchado por más de 30 millones de personas vía Internet. Vaya de paso también mi sincero azoro y reconocimiento por esta portentosa herramienta electrónica del siglo XX.

Descanse en paz, o más bien que siga cantando y bailando donde quiera que esté, la gran, indiscutible, insustituible figura de Michel Jackson.
El Arte trasciende barreras, idiomas, credos y posturas ideológicas. No me imagino a ningún mequetrefe político en todo el vasto mundo, siendo recordado y acompañado hasta el final como este delgaducho y frágil artista estadounidense. El Arte nos vuelve a constatar que, a través del espíritu humano, los caminos son más largos e imperecederos.
Ojalá se gobernaran los países con artistas y no con truhanes hipócritas, falsos, frívolos y corruptos.
No hace mucho platiqué con un amigo filósofo quien aseguraba que, si fuéramos gobernados por filósofos y artistas, este mundo, si no mejor, estaría menos caótico de lo que ya está.

Descanse y baile-cante en paz-alegría, Michael Jackson (1958-2009)

ENTREVISTA CON EL ESCRITOR KEN FOLLET


“UNA LECTURA SIN FIN”

Alejandro Herrera Parra.- Mr. Follet, ¿por qué concebir y escribir dos novelas (“Los Pilares de la Tierra” y “Un mundo sin fin”), de dimensiones en verdad colosales, y contextualizadas específicamente en la Edad Media?

Ken Follet.- Encuentro la Edad Media muy inspiradora y excitante, debido, antes que nada, a que la gente que vivió durante este período histórico tuvo existencias muy difíciles, brutales; fueron personas muy pobres y sin embargo, algunos de ellos construyeron catedrales –sin lugar a dudas los edificios más bellos del mundo- construcciones muy viejas y preservados en la actualidad con el pasar de los siglos. Estos artesanos que dormían en el piso con hambre y frío, fueron verdaderos maestros por su amplísima creatividad y tesón. Y esto es lo que encuentro motivador para escribir. Escribir sobre la idea de saber que los mejores edificios que tenemos fueron creados por gente ordinaria y pobre. Eso me animó a crear historias.

A.H.P.- ¿Todos estos elementos serán, acaso, un mero pretexto para dar cuenta de la situación actual que no ha cambiado mucho? Es decir, la pobreza, lo difícil de la vida, la gente ordinaria detrás de grandes obras y construcciones, del feroz desempleo mundial, del robo, hambre, secuestro; de la manifiesta brutalidad de nuestras sociedades actuales manifiestan.

K.F.- No. Aunque reconozco las claras similitudes de las que usted habla, pero yo prefiero no considerarlas. Yo sólo encuentro fascinación en este período histórico y trato de narrar una historia que la gente -los lectores- disfrutarán. Y si usted encuentra paralelos con la edad moderna está bien para mí, pero esa no fue mi intención primigenia, mi intención fue la de entretener.

A.H.P.- ¿Cómo un escritor que no cree en Dios (cualquiera que este sea), realiza un par de obras colosales directamente referidas a la religión católico-cristiana?

K.F.- Crecí en una familia muy religiosa; mis padres fueron personas muy devotas, cristianos, para ser precisos. Recuerdo que cuando yo era niño, iba a la iglesia tres veces cada domingo (ríe fuerte). Ya en mi adolescencia leí la Biblia, completa, y más que una simple lectura fue un curso de estudio religioso. Por lo tanto, ese mundo me resulta muy familiar. Sn embargo, cuando estaba por cumplir mis dieciocho años de edad, decidí no creer más en mi pasado religioso. En ninguna religión, de hecho.

A.H.P.- ¿A qué se debió este cambio tan dramático y radical?

K.F.- Bueno, pensé y me desarrollé por varios años inmerso en la religión y me percaté que todo lo que se lee en la Biblia no es verdad. La razón era que no tenía ninguna razón para creer. Cada tribu tiene una historia para explicarse el origen del universo y del mundo terrenal, cada tribu en todo lo ancho y largo del mundo. Cada religión tiene también una historia con el mismo propósito. Todas son erróneas, todas las cosas que dicen son falsas. Y yo no les creo en lo absoluto (vuelve a reír).

A.H.P.- ¿Qué nos puede decir de sus inicios como escritor?

K.F.- Desde muy joven me convertí en periodista, por cuatro o cinco años...

A.H.P.- ¿Escribía sobre economía, política, arte?

K.F.- Nunca me interesó escribir sobre política o economía. Era un reportero involucrado con la música pop…

A.H.P.- Y usted estaba relacionado con la mejor música pop del mundo en su país natal…

K.F.- Es cierto, yo estaba viviendo en Londres y tenía acceso a lo mejor de ese género musical. Ahora bien, como reportero, yo no era ninguna estrella. Algo dentro de mí me decía que deseaba llegar a ser una estrella. No era tan mal reportero, pero tampoco el mejor (ríe), así fue por cinco años. Entonces decidí escribir libros en lugar de reportajes. Lo empecé a hacer en mis pocos tiempos libres. Escribí varios libros que no fueron exitosos en lo absoluto. Aunque un par de ellos sí eran buenos.

A.H.P.- ¿Qué nos puede decir sobre su niñez y adolescencia? ¿Fue un niño solitario, introvertido…?

K.F.- En lo más mínimo. Debido a la religión de mis padres, no se me autorizaba ir al cine, no teníamos televisor en casa, tampoco radio, por lo cual concentraba casi toda mi atención e interés en los libros. Lo cual me benefició mucho, ya que cualquier escritor debe ser un gran lector. Sin embargo, estaba muy enojado con esa situación de mi niñez, deseaba ir al cine con mis amigos y quería mirar vaqueros en la televisión, pero esta imposibilidad y enojo me hicieron un ferviente lector.

A.H.P- ¿Encontró confort en los libros, y el substituto de sus carencias vivenciales?

K.F.- Lo encontré y por ello amo los libros; fue un entretenimiento y una manera de viajar en el tiempo y a varios lugares. Una aventura excitante y peligrosa, romántica. Nunca tuve que escapar de mi vida gracias a los libros. En el más amplio sentido del término fui un niño normal, jugaba en la calle futbol, corría, trepaba árboles, criquet, escondidillas, todo lo hacía en la calle. Por ese entonces era seguro, ahora no lo es y por ello los niños se refugian en sus computadoras.

A.H.P.- ¿Cómo se considera Ken Follet a sí mismo como escritor? ¿Un escritor exitoso y reconocido? No de acuerdo a sus ventas, sino a su talento literario.

K.F.- Sí. Disfruto párrafos que he escrito. No diría que ha sido un trabajo difícil y arduo, más bien gozo llegando a lo que me propongo en cada historia que entretejo. No quisiera decir, “no pain, no gain”. No creo en eso. Sólo quiero mencionar que es una fascinante aventura poder escribir y expresarme de esta manera hacia mis lectores. Porque ese es una clase de placer que obtengo de mi quehacer literario. Y así como amo ciertos libros, deseo que los míos también sean amados por la gente.

A.H.P.- ¿Cómo surgieron dentro de su imaginaría literaria las ideas primigenias de sus dos más recientes novelas “Los pilares de la tierra” y “Un mundo sin fin”? Usted más o menos lo señala en el prólogo de la primera de ellas, ¿así fue?

K.F.- Mi fascinación por las catedrales comenzó cuando las contemplé por primera ocasión. Me gusta pensar que la gente, cuando mira las catedrales de Europa, se pregunta; ¿por qué existe esta construcción aquí?, ¿qué deseaba la gente cuando las construyeron?, ¿por qué se invirtió tanto dinero en ellas, tanto sufrimiento, sangre, tiempo? ¿Qué motivó a los artesanos para no abandonar el proyecto? ¿Cómo lo lograron? Todas estas cuestiones surgen en mi cabeza y trato de responderlas como si yo mismo estuviera inmerso en la construcción de dichas catedrales. Y por ello decidí escribir sobre la Edad Media y los constructores de estas obras maestras indiscutibles. Así que muy rápido acudió a mi cabeza la idea de que cada uno de estos elementos podría ser parte de una gran novela. Para mí es uno de los grandes dramas de la vida, lo trágico, interesante y brutal que fue la vida de miles de artesanos anónimos y olvidados por la historia. Sus ideales, anhelos, fracasos, amores, desamores, ilusiones... pero también destacar porqué el amor siempre es relevante en las novelas. Y por todo esto, deseo que usted, como lector, se preocupe e interese por mis personajes, aunque usted sepa que yo los inventé y que no existen más allá de las páginas.

A.H.P.- Creo que usted maneja de forma admirable los elementos comunes y simples, en el buen sentido de las palabras, en sus novelas: amor, desamor, familias, anhelos, traiciones, pobreza, riqueza, poder, batallas, crímenes; es decir, los mismos elementos atemporales con los que cualquier escritor se enfrenta hoy día.

K.F.- Yo no diría tan simples… (ríe)

A.H.P.- Simples en el sentido de comunes y ordinarios.
K.F.- En efecto, todos estos elementos se encuentran en cualquier buena novela; la mayoría de las novelas tratan sobre cosas que le sucede a la gente; amoríos, pérdida de dinero, acumulación de riquezas, injusticias sociales, fervores religiosos, tener hijos, perder hijos, casarse… usted tiene razón, son elementos intrínsecos al ser humano y por ende parte fundamental de toda novela o narración. Son lugares comunes de dramas comunes de la vida de gente común.

A.H.P.- ¿Está usted complacido con sus dos más recientes novelas, las cuales son verdaderos bestsellers mundiales?

K.F.- Claro que estoy complacido con mis recientes novelas, creo que son mis más exitosos trabajos a la fecha.

A.H.P.- ¿Por qué tan grandes en su extensión? Cada una de ellas reúne más de mil páginas.

K.F.- Porque los lectores disfrutan las novelas largas.

A.H.P.- ¿Y de dónde sacar el tiempo para invertirlo en la lectura?
K.F.- Supongamos que nuestro lector viaja en tren y cada día, durante su trayecto, lee unas cinco páginas que saborea mientras se dirige a su trabajo. Son 250 veces al año las que tiene que tomar el tren. Claro que tiene tiempo. Lo que hay que procurar a toda costa es interesarlo y entretenerlo a lo largo de todas esas mil páginas.

A.H.P.- Pero también tiene que leer periódicos, revistas, reportes de su oficina…

K.F.- Pero los libros son infinitamente más divertidos… (ríe fuerte). Claro que hay libros aburridos que uno agradece que sean pequeños. Pero si son lo suficientemente divertidos y bien estructurados, usted disfrutará por más tiempo su lectura.

A.H.P.- ¿Determinó el tamaño de sus novelas desde el principio o la historia lo fue llevando a través de las páginas?

K.F.- El thriller no debe ser muy largo como género literario, más bien debe ser reducido. Debido a que el personaje-héroe siempre está en peligro. Esto resulta apropiado en cuatrocientas páginas pero no en mil o más. Al involucrar a las catedrales y a los artesanos que las construyeron durante decenios y en ocasiones siglos, con todos sus desfiles de emociones y pensamientos, tiene que pensarse en una novela de proporciones colosales. Este es el caso de novelas en las cuales se exhibe a toda la sociedad.

A.H.P.- ¿En que proyecto literario trabaja hoy día?

K.F.- En una novela contextualizada durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, y narrada a través de tres familias. La Primera Guerra Mundial fue un evento relevante y parte aguas en varios aspectos sociales. Varios países estuvieron involucrados. Es más, ustedes los mexicanos lo estuvieron cuando los alemanes les enviaron un telegrama y los persuadieron para atacar a los Estados Unidos. Muy buena idea por cierto… (los dos reímos).

A.H.P.- ¿Cómo es un día en la vida de Ken Follet?

K.F.- Tengo varios nietos que acuden a mi casa de campo. Mi esposa y yo los disfrutamos demasiado; tenemos varias recámaras, cancha de tenis, alberca. Vienen a divertirse los fines de semana. Yo tengo dos hijos y Bárbara mi esposa tiene tres, nos juntamos todos y la pasamos muy bien.

A.H.P.- En otras palabras, usted disfruta cada día de su vida…

K.F.- En efecto, soy una persona muy afortunada y feliz, porque vivo de lo que sé y me gusta hacer: escribir. La familia también es uno de mis más grandes placeres en la vida.

A.H.P.- Cuando usted escribe, es una clase de Chales Dickens moderno; es decir, que no telera ruido alguno, que desea estar solo y no ser molestado…

K.F.- En lo absoluto. Como fui periodista y reportero, estoy acostumbrado a trabajar en cualquier circunstancia y lugar. No puede pedirle a la gente que se calle y que se esté quieta (ríe).

A.H.P.- ¿Se considera usted un escritor neurótico?

K.F.- No, no lo soy, cuando alguien viene a la casa a limpiar, Bárbara, mi esposa, les advierte: “si ven a mi marido caminar por la casa dando vueltas y vueltas y de pronto se les queda mirando como si los odiara, no le hagan caso, está trabajando”. Por momentos no veo nada a mi alrededor, ya que estoy concentrado en mi historia. Vivo por momentos en la Edad Media.

A.H.P.- ¿Qué clase de relación lleva con su esposa? ¿Hablan de sus libros, de literatura en general, ella critica y se interesa por sus trabajos?

K.F.- Hablamos mucho de nuestros trabajos. Ella labora en la política; es miembro del Parlamento y por el momento Ministro de Cultura. Pertenecemos al Partido Laboral y tratamos de no enfatizar nuestras pequeñas diferencias. Ella también está muy interesada en la literatura y poesía. Ahora bien, al tiempo que ella alterna con la Reina y el Primer Ministro, cuando llega a casa le leo un capítulo de mi novela y disfruto mucho viéndola interesarse en mi trabajo.

A.H.P.- Por último, ¿qué puede decir a nuestros lectores que ya son o que desean llegar a ser escritores de renombre como usted?

K.F.- En realidad no doy mensajes (ríe), sólo cuento historias, pero quisiera recomendarles a aquellos que desean ser escritores, que tienen que ser perfeccionistas. Cuando inicié mi carrera pensé dedicarme a los thrillers, por ello la acción era importante como parte del guión, y lo que hacían los personajes sin importar dónde y cómo. Eso fue un gran error mío. Terrible error, ya que es primordial la descripción de cada lugar y momento, es relevante describir cada aspecto de la novela lo mejor que uno pueda hacerlo. Pero yo sé una cosa: aunque haga mi mejor esfuerzo, sé que nunca es el mejor… (ríe)

lunes 6 de julio de 2009

Mexicanos Al grito de Güeva (Selección)


MUJER AL VOLANTE:
CABRONA CONSTANTE

Por Alejandro Herrera Parra

Querido lector(a), lo reto a una prueba muy sencilla pero infalible: a partir de que lea estas líneas, fíjese en todas las camionetas (ya sean de origen norteamericano, europeo, asiático) que circulan por nuestras congestionadas calles y que sean conducidas por alguna mujer.
Nunca, nunca, nunca encontrará entre el rostro de la conductora una sonrisa.
Por el contrario, constatará con una pasmosa contundencia, una cara larga y enojada que está, literalmente, peleándose con la vida a cada semáforo.
Esta actitud viene a resultar un arquetipo perfecto de la histeria, amargura y frustración de la mayoría de nuestras aztecas platinadas.
¡Qué lástima que Freud no pueda presenciar esto!
Se sorprendería por la abundancia y contundencia de los casos.

En fin, resulta en realidad muy lamentable e indignante comprobar cómo este enorme séquito de princesitas nacionales -remedos inconclusos y burdos de barbies gringas- no puede vivir sin su adorada e imprescindible camioneta.
Ellas suponen darse más status e imagen con estos armatostes de lámina y tratan, sin lograrlo siquiera remotamente, de semejarse a sus enajenadas y frívolas vecinas del país del norte.
Lo más triste del caso es que uno padece a diario a estas histéricas prepotentes cuando circulan con manifiesta arbitrariedad por las calles.
Detallemos: Se pueden estacionar no en segunda -ojalá fuera este el caso- sino en tercera fila para recoger a sus idolatrados retoños; les vale una verdadera chingada detener y entorpecer el tráfico y ocasionar enormes caos y trastornos viales. Pero, según ellas, que se aguante la gente, que se jodan los nacos connacionales. Estas histéricas se lo merecen todo y pueden hacer lo que les venga en gana.
Le guste a quien le guste.
Como ellas mismas opinan, les vale madre los ciudadanos nacos-aztecas.

Pero lo que en verdad indigna -más allá de lo que cualquier persona pueda pensar sobre mi misoginia- es ver a una amargada de estas que mide aproximadamente 1:50 mts de estatura y que recoge a una pequeñita de 40 cms de altura, para meterse en una camioneta enorme, de doce lugares, ocho cilindros y con protecciones delanteras y traseras como si fuera un auténtico tanque de guerra o un judicial de la agrupación antinarcóticos.
Ya una vez dentro de su elegante unidad, esta platinada acomplejada tiene que acercar el volante al máximo porque sus diminutos brazitos regordetes no pueden alcanzarlo; tiene que ponérselo casi encima de sus flácidos pechitos para poder manejar.
La inmensa mayoría de estas menopáusicas enardecidas, casi siempre está hablando por su flamante celular (porque también les vale madre las normas y leyes) sobre temas tan trascendentes como el guiso de la comida, la comedia del momento, lo hartas que están de sus vidas, o la reciente infidelidad de su desmadroso esposo.
Al hablar por su flamante y costosísimo teléfono celular, les vale madres cometer un sin fin de arbitrariedades viales; se dan vueltas sin poner las direccionales, se frenan con brusquedad por cualquier cosa sin previo aviso, le echan a uno encima su enorme carrocería, se pasan las preventivas y los altos, se estacionan donde se les hinchan sus ovarios, vamos; todas y cada una de estas conductas tercermundistas no comprueban sino su fehaciente falta de educación, amargura y enojo existenciales. Además de una flagrante falta de civilidad que parece ser, no les enseñaron en sus opusdeístas colegios de paga.
Ahora bien, sus deslumbrantes camionetotas siempre están repletas de pendejada y media: carriolas, pañales, cojines de la sala de la casa de campo, juguetes, cosméticos, copias de alguna dieta que nunca siguen, toda clase de cepillos para el cabello, algún toperware con restos de frutas, el libro de moda que nunca terminan de leer, envolturas de chocolates y dulces, notas de gasolina, de tintorería, del gas, de la luz….un verdadero muladar (como la habitación en la que dormían cuando eran solteras) lujoso y de piel.
Pero no hay que preocuparse en lo absoluto: el mozo de la casa les arregla (como a niñas de ocho años de edad que dejan su habitación echa un desastre) todo su desmadre en un dos por tres.

Es sabido el odio que se profesan entre ellas a cada instante. Siempre, siempre, siempre -vaya aquí un reconocimiento semántico a nuestro preclaro e insigne ex presidente- están compitiendo por alguna frivolidad absurda. Ya no sólo se pelean a los esposos, los ex novios, los jefes y compañeros de oficina, las bolsas y los accesorios de marca que compran en el extranjero, las casas, los ranchos y las joyas; también se despedazan por poseer la camioneta más grande, del mayor cilindraje imaginable, gastalona a más no poder de gasolina; aparatosa y costosa.
Es más, sus boquitas pintadas se llenan de júbilo y orgullo cuando mencionan el precio de sus camionetas en dólares gringos, porque los pesos mexicanos son muy nacos y ellas no los manejan en su vocabulario exquisito y prolífero.
Es en verdad lastimero pensar que pretendan paliar todas sus deficiencias, complejos, carencias y limitaciones existenciales, encima de cuatro ruedas.
Tratar de maquillar su inmensa soledad que apesta a perfume de marca; su frustración y amargura a lo largo de sus vidas desde sus confusas y mimadas adolescencias, su inexistente proyecto de vida.
Ah…pero nunca faltará un yuppie atarantado y samaritano que consienta a su esposa -también con el manifiesto pavor de quedarse solo- y le complazca todas sus aberraciones, caprichos y exigencias infantiles como comprarle la camioneta que ella más desee.
Cueste lo que cueste. No importa. La reinita lo merece todo.
“Es por seguridad y protección. Ahí van mis hijos”, se justifica a sí mismo sin otro remedio aparente el yuppie-teto.
Sucede que este yuppie plagoso mandilón también es un remedo azteca de sus adorados ejecutivos gringos exitosos, y piensa ingenuamente -porque en el fondo nunca deja de ser ingenuo este chamaquito consentido voluntarioso- que su familia bonita tendrá más status y respeto montada en su camioneta ostentosa.

Señoras, marquesitas, princesitas, reinitas, doñitas, muñequitas, niñas; por favor; la clase no se adquiere con una camioneta, tampoco una sexualidad intensa y cálida, ni una vida plena y tranquila…son mentiras toda es sarta de pendejadas que la publicidad nos atiborra en cada anuncio y a cada momento.
“Menos en más”. Entiéndalo de una vez por todas. Nunca es tarde para recapacitar.
Por favor: No aparenten. No se engañen. No fantaseen.
Mejor sean más humildes, sencillas, congruentes, auténticas.
Menos güevonas y conchudas.
Nadie les va a creer su prepotencia, arrogancia, arranques de nobleza, su rancio abolengo de papel maché y barro.
Entiéndalo -insisto- una cosa es la educación, la clase, las buenas maneras; y otra las desaforadas (para citar a nuestro preclaro “Peje legítimo”) conductas de nueva rica, advenediza y braguetera.
Cásense por amor, y si no sienten esa emoción o no pueden encontrarla, no se casen por dinero; van al fracaso emocional, al engaño, a la infidelidad, a la competición malsana, a la insatisfecha frivolidad, a la irremisible amargura que una pinchurrienta camionetota nunca remediará.
Nunca.
Bueno, si no me hacen caso y les valió una reverenda sombrilla todas estas líneas, por lo menos manejen con precaución y respeto.
Millones de personas se los agradeceremos a diario.

En busca del éxito perdido


Por: Alejandro Herrera Parra

Resulta en verdad necesario, por lo menos para tu servidor (y perdona que desde este momento te tutee, pero lo que más deseo es ser directo, abierto y sin formalismos caducos y pedantes), poder aclarar, desmitificar y compartir una buena cantidad de juicios, recomendaciones y consejos en torno a un tema que, si bien es demasiado común hoy día, no deja de seguir presentando una buena cantidad de equívocos, disfunciones y problemas: me refiero al éxito y sus intrincados manejos para alcanzarlo.

Claro que me estoy refiriendo al éxito que está enfocado a los negocios, a las empresas y a la sociedad en la cual se puede obtener éste.
Estoy refiriéndome, de igual manera, a las miles y miles de emociones desperdiciadas, a los anhelos que se caen desde su misma concepción, a las malas interpretaciones que se generan en esta trepidante carrera enloquecida por ser más y mejor, y al descuido lamentable de la gente con respecto a sus valores ético-morales.

Es por todos sabido que la Vida, sí, con mayúscula, está repleta de instantes, de sucesos, de momentos. Una cadena constante de cada uno de ellos. Incesantes. Omnipresentes. Algunos suceden sin siquiera nosotros percatarnos. Otros más permanecen para siempre en nuestra psique. La gran mayoría de ellos -para bien o para mal- transforman nuestra manera de pensar y razonar, de contemplar los hechos y de vivir nuestra existencia.
También habría que destacar la enorme cantidad de ideas que nos invaden sin descanso alguno; los temores, las dudas; los cuestionamientos insoslayables que nunca se alejan de nosotros a lo largo del tiempo: ¿Cuál es el propósito de la vida?, ¿Tendrá propósito alguno?, ¿Qué significa el éxito?, ¿Existirá realmente?, ¿Qué es la felicidad?, ¿Puede alcanzarse?

Este tipo de cuestionamientos provoca un inmenso miedo en la mayoría de las personas. No resulta entonces sorprendente que la gente pretenda estar de continuo ocupada, distraída, ajena a un sin fin de hechos y verdades que apabullan su espíritu y voluntad. Resulta muy difícil que las personas deseen hablar de estos temas con honestidad e interés. La gente se defiende, se repliega, literalmente se evade.
A través de talleres, pláticas y terapias, he podido constatar el constante sufrimiento de la gente; sus adicciones a los noticieros televisivos y radiofónicos en los cuales sólo se habla de muerte, secuestro, devastación, crisis, guerras, deshumanización; sus obsesivas maneras de paliar su autoestima con ropa extremadamente fina y de marca; sus relampagueantes carreras profesionales en busca sólo de bienes materiales; su compulsión por atesorar cosas, casas, autos, personas.
En medio de este escenario espeluznante y vibrante, la gente no alcanza a comprender con claridad qué es lo real en la vida.
Una manera de lograr éxito es justamente darle sentido y veracidad a las cosas. Es saber vivir y convivir con sabiduría, humildad y saber qué se ama, qué se necesita, qué se desea.
El poder tener discernimiento entre los valores que son verdaderos y todos aquellos anhelos desaforados que rayan en lo neurótico y pueril.

He visto a personas aparentemente inteligentes, perseguir al éxito de manera precipitada, estúpida y arriesgada en exceso. Los he visto atentar contra su salud, contra su persona y dignidad; perderse entre los vapores estimulantes y fatuos de pretensiones desmedidas y fantásticas. Llenarse de úlceras, gastritis, colitis, afecciones estomacales, cardíacas, respiratorias, musculares; destruir matrimonios sin ningún reparo, sostener enloquecidos estilos de vida que no les pertenecen.
Son personas hiperactivas que rayan en lo maníaco, personas embotadas diariamente en labores enajenantes y agotadoras.
No dudo de su esfuerzo, persistencia, obstinación; dudo, eso sí, de su sentido común, de su inteligencia.

Espero, con toda sinceridad, que estás líneas que están escritas con la mayor sencillez y buenos deseos de que sirvan de algo, abran y aclaren la conciencia a uno que otro yuppie azteca atolondrado, para que empiece a vivir los días que le quedan de una manera más plena, simple y verdaderamente exitosa.
Ése sí sería todo un éxito para mí.

viernes 3 de julio de 2009

Cuentos (Selección)


EL CONCIERTO

A mí.

Comenzaron a tiempo. Los compases eran seguidos al unísono por aquellos brazos que dirigían. El espacio se llenaba cada vez más de música, de alientos, de dedos. Parecía moverse al compás del sonido. Casi se podría decir que él producía todo aquello. No sentía fatiga, el júbilo que experimentaba era mayor, mucho mayor a cualquier cosa en ese instante. Incluso a los nervios, al compromiso, al engaño. El espacio se mantenía igual. Las entradas eran la mayor de las veces justas, los silencios respetados, los matices marcados; todo marchaba como debía. El primer movimiento terminó. Era una sinfonía. Hubo silencio pero faltaban tres, solamente tres y recibiría la recompensa, la aceptación o cualquiera otra cosa pero algo recibiría. El cálculo fue casi perfecto. Empezó a sudar y parecía que el hacerlo significara para él una justificación, un estímulo. El segundo movimiento, como es costumbre, fue lento y le permitió relajarse. Juntó las manos. Quietas. Parecía más cercano el final. Si tan sólo hubiera podido decidirse a tiempo y… nuevamente se rompió el silencio y los brazos reanudaron su diálogo. Cerraba los ojos y ahí estaban los cellos, los timbales, las violas, los clarinetes, las flautas, los… sus cabellos empezaron a pegarse en su frente y junto a sus orejas. Su cara dejaba ver gran cantidad de gestos y sus manos no cesaban de moverse. Era agradable. Y todo por aquella maldita indecisión. Él era responsable de todo aquello, la persona más importante del lugar. Era el Director y todo estaba bajo su control. Hubo un tercer silencio. “El último”, pensó. Había preparado toda su energía para el movimiento final, aunque le preocupaba un pasaje del comienzo que no había memorizado bien. Sería una pena equivocarse. Sonrió y le dio gusto haberse acordado casi al momento del pasaje gracias al timbal que se repite cuatro veces. Lo imaginó peor. Ahora sí faltaba poco y después... Para él todo esto era importante. Necesitaba demostrarse muchas cosas. Do, fa, sol, si, la, mi, do, re, casi el fin. Cerca. Se imaginó el final y esto le produjo más entusiasmo. Lo notó. Aquella trompeta lo anunciaba. Era la coda. El final distaba sólo de unos instantes. Todo continuaba bajo su mando. Los últimos compases estaban ahí: tres, dos, uno, el final. Toda la energía descargada en el. Hubo un gran silencio. Estaba sudando y por un momento se sintió ridículo. Esperó un instante. Afuera, alguien gritaba no se sabe qué cosas. Con todo; era una ventaja tener un tocadiscos automático.

Por: Alejandro Herrera Parra

México, D.F. 23 de marzo de 1979.

jueves 2 de julio de 2009

POEMARIO (Selección)


POEMA DESCARRIADO

a Charles Bukowski

hoy mi tristeza calza tacones altos
y camina a tientas
torpemente

hoy mi dolor viste minifalda de cuero
y coquetea en su descomunal vacío

hoy mi soledad usa un par de medias
sucias y arrugadas que ya no se sostienen

hoy mi destino es una pintarrajada jeta
con la boca entreabierta
y los ojos corridos

hoy mis proyectos son un par de aretes
suspendidos al tiempo entre jirones
de grasa y caspa

hoy mi muerte es una triste puta
que busca cliente
y nadie se le acerca

Por Alejandro Herrera Parra