
“UNA LECTURA SIN FIN”
Alejandro Herrera Parra.- Mr. Follet, ¿por qué concebir y escribir dos novelas (“Los Pilares de la Tierra” y “Un mundo sin fin”), de dimensiones en verdad colosales, y contextualizadas específicamente en la Edad Media?
Ken Follet.- Encuentro la Edad Media muy inspiradora y excitante, debido, antes que nada, a que la gente que vivió durante este período histórico tuvo existencias muy difíciles, brutales; fueron personas muy pobres y sin embargo, algunos de ellos construyeron catedrales –sin lugar a dudas los edificios más bellos del mundo- construcciones muy viejas y preservados en la actualidad con el pasar de los siglos. Estos artesanos que dormían en el piso con hambre y frío, fueron verdaderos maestros por su amplísima creatividad y tesón. Y esto es lo que encuentro motivador para escribir. Escribir sobre la idea de saber que los mejores edificios que tenemos fueron creados por gente ordinaria y pobre. Eso me animó a crear historias.
A.H.P.- ¿Todos estos elementos serán, acaso, un mero pretexto para dar cuenta de la situación actual que no ha cambiado mucho? Es decir, la pobreza, lo difícil de la vida, la gente ordinaria detrás de grandes obras y construcciones, del feroz desempleo mundial, del robo, hambre, secuestro; de la manifiesta brutalidad de nuestras sociedades actuales manifiestan.
K.F.- No. Aunque reconozco las claras similitudes de las que usted habla, pero yo prefiero no considerarlas. Yo sólo encuentro fascinación en este período histórico y trato de narrar una historia que la gente -los lectores- disfrutarán. Y si usted encuentra paralelos con la edad moderna está bien para mí, pero esa no fue mi intención primigenia, mi intención fue la de entretener.
A.H.P.- ¿Cómo un escritor que no cree en Dios (cualquiera que este sea), realiza un par de obras colosales directamente referidas a la religión católico-cristiana?
K.F.- Crecí en una familia muy religiosa; mis padres fueron personas muy devotas, cristianos, para ser precisos. Recuerdo que cuando yo era niño, iba a la iglesia tres veces cada domingo (ríe fuerte). Ya en mi adolescencia leí la Biblia, completa, y más que una simple lectura fue un curso de estudio religioso. Por lo tanto, ese mundo me resulta muy familiar. Sn embargo, cuando estaba por cumplir mis dieciocho años de edad, decidí no creer más en mi pasado religioso. En ninguna religión, de hecho.
A.H.P.- ¿A qué se debió este cambio tan dramático y radical?
K.F.- Bueno, pensé y me desarrollé por varios años inmerso en la religión y me percaté que todo lo que se lee en la Biblia no es verdad. La razón era que no tenía ninguna razón para creer. Cada tribu tiene una historia para explicarse el origen del universo y del mundo terrenal, cada tribu en todo lo ancho y largo del mundo. Cada religión tiene también una historia con el mismo propósito. Todas son erróneas, todas las cosas que dicen son falsas. Y yo no les creo en lo absoluto (vuelve a reír).
A.H.P.- ¿Qué nos puede decir de sus inicios como escritor?
K.F.- Desde muy joven me convertí en periodista, por cuatro o cinco años...
A.H.P.- ¿Escribía sobre economía, política, arte?
K.F.- Nunca me interesó escribir sobre política o economía. Era un reportero involucrado con la música pop…
A.H.P.- Y usted estaba relacionado con la mejor música pop del mundo en su país natal…
K.F.- Es cierto, yo estaba viviendo en Londres y tenía acceso a lo mejor de ese género musical. Ahora bien, como reportero, yo no era ninguna estrella. Algo dentro de mí me decía que deseaba llegar a ser una estrella. No era tan mal reportero, pero tampoco el mejor (ríe), así fue por cinco años. Entonces decidí escribir libros en lugar de reportajes. Lo empecé a hacer en mis pocos tiempos libres. Escribí varios libros que no fueron exitosos en lo absoluto. Aunque un par de ellos sí eran buenos.
A.H.P.- ¿Qué nos puede decir sobre su niñez y adolescencia? ¿Fue un niño solitario, introvertido…?
K.F.- En lo más mínimo. Debido a la religión de mis padres, no se me autorizaba ir al cine, no teníamos televisor en casa, tampoco radio, por lo cual concentraba casi toda mi atención e interés en los libros. Lo cual me benefició mucho, ya que cualquier escritor debe ser un gran lector. Sin embargo, estaba muy enojado con esa situación de mi niñez, deseaba ir al cine con mis amigos y quería mirar vaqueros en la televisión, pero esta imposibilidad y enojo me hicieron un ferviente lector.
A.H.P- ¿Encontró confort en los libros, y el substituto de sus carencias vivenciales?
K.F.- Lo encontré y por ello amo los libros; fue un entretenimiento y una manera de viajar en el tiempo y a varios lugares. Una aventura excitante y peligrosa, romántica. Nunca tuve que escapar de mi vida gracias a los libros. En el más amplio sentido del término fui un niño normal, jugaba en la calle futbol, corría, trepaba árboles, criquet, escondidillas, todo lo hacía en la calle. Por ese entonces era seguro, ahora no lo es y por ello los niños se refugian en sus computadoras.
A.H.P.- ¿Cómo se considera Ken Follet a sí mismo como escritor? ¿Un escritor exitoso y reconocido? No de acuerdo a sus ventas, sino a su talento literario.
K.F.- Sí. Disfruto párrafos que he escrito. No diría que ha sido un trabajo difícil y arduo, más bien gozo llegando a lo que me propongo en cada historia que entretejo. No quisiera decir, “no pain, no gain”. No creo en eso. Sólo quiero mencionar que es una fascinante aventura poder escribir y expresarme de esta manera hacia mis lectores. Porque ese es una clase de placer que obtengo de mi quehacer literario. Y así como amo ciertos libros, deseo que los míos también sean amados por la gente.
A.H.P.- ¿Cómo surgieron dentro de su imaginaría literaria las ideas primigenias de sus dos más recientes novelas “Los pilares de la tierra” y “Un mundo sin fin”? Usted más o menos lo señala en el prólogo de la primera de ellas, ¿así fue?
K.F.- Mi fascinación por las catedrales comenzó cuando las contemplé por primera ocasión. Me gusta pensar que la gente, cuando mira las catedrales de Europa, se pregunta; ¿por qué existe esta construcción aquí?, ¿qué deseaba la gente cuando las construyeron?, ¿por qué se invirtió tanto dinero en ellas, tanto sufrimiento, sangre, tiempo? ¿Qué motivó a los artesanos para no abandonar el proyecto? ¿Cómo lo lograron? Todas estas cuestiones surgen en mi cabeza y trato de responderlas como si yo mismo estuviera inmerso en la construcción de dichas catedrales. Y por ello decidí escribir sobre la Edad Media y los constructores de estas obras maestras indiscutibles. Así que muy rápido acudió a mi cabeza la idea de que cada uno de estos elementos podría ser parte de una gran novela. Para mí es uno de los grandes dramas de la vida, lo trágico, interesante y brutal que fue la vida de miles de artesanos anónimos y olvidados por la historia. Sus ideales, anhelos, fracasos, amores, desamores, ilusiones... pero también destacar porqué el amor siempre es relevante en las novelas. Y por todo esto, deseo que usted, como lector, se preocupe e interese por mis personajes, aunque usted sepa que yo los inventé y que no existen más allá de las páginas.
A.H.P.- Creo que usted maneja de forma admirable los elementos comunes y simples, en el buen sentido de las palabras, en sus novelas: amor, desamor, familias, anhelos, traiciones, pobreza, riqueza, poder, batallas, crímenes; es decir, los mismos elementos atemporales con los que cualquier escritor se enfrenta hoy día.
K.F.- Yo no diría tan simples… (ríe)
A.H.P.- Simples en el sentido de comunes y ordinarios.
K.F.- En efecto, todos estos elementos se encuentran en cualquier buena novela; la mayoría de las novelas tratan sobre cosas que le sucede a la gente; amoríos, pérdida de dinero, acumulación de riquezas, injusticias sociales, fervores religiosos, tener hijos, perder hijos, casarse… usted tiene razón, son elementos intrínsecos al ser humano y por ende parte fundamental de toda novela o narración. Son lugares comunes de dramas comunes de la vida de gente común.
A.H.P.- ¿Está usted complacido con sus dos más recientes novelas, las cuales son verdaderos bestsellers mundiales?
K.F.- Claro que estoy complacido con mis recientes novelas, creo que son mis más exitosos trabajos a la fecha.
A.H.P.- ¿Por qué tan grandes en su extensión? Cada una de ellas reúne más de mil páginas.
K.F.- Porque los lectores disfrutan las novelas largas.
A.H.P.- ¿Y de dónde sacar el tiempo para invertirlo en la lectura?
K.F.- Supongamos que nuestro lector viaja en tren y cada día, durante su trayecto, lee unas cinco páginas que saborea mientras se dirige a su trabajo. Son 250 veces al año las que tiene que tomar el tren. Claro que tiene tiempo. Lo que hay que procurar a toda costa es interesarlo y entretenerlo a lo largo de todas esas mil páginas.
A.H.P.- Pero también tiene que leer periódicos, revistas, reportes de su oficina…
K.F.- Pero los libros son infinitamente más divertidos… (ríe fuerte). Claro que hay libros aburridos que uno agradece que sean pequeños. Pero si son lo suficientemente divertidos y bien estructurados, usted disfrutará por más tiempo su lectura.
A.H.P.- ¿Determinó el tamaño de sus novelas desde el principio o la historia lo fue llevando a través de las páginas?
K.F.- El thriller no debe ser muy largo como género literario, más bien debe ser reducido. Debido a que el personaje-héroe siempre está en peligro. Esto resulta apropiado en cuatrocientas páginas pero no en mil o más. Al involucrar a las catedrales y a los artesanos que las construyeron durante decenios y en ocasiones siglos, con todos sus desfiles de emociones y pensamientos, tiene que pensarse en una novela de proporciones colosales. Este es el caso de novelas en las cuales se exhibe a toda la sociedad.
A.H.P.- ¿En que proyecto literario trabaja hoy día?
K.F.- En una novela contextualizada durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, y narrada a través de tres familias. La Primera Guerra Mundial fue un evento relevante y parte aguas en varios aspectos sociales. Varios países estuvieron involucrados. Es más, ustedes los mexicanos lo estuvieron cuando los alemanes les enviaron un telegrama y los persuadieron para atacar a los Estados Unidos. Muy buena idea por cierto… (los dos reímos).
A.H.P.- ¿Cómo es un día en la vida de Ken Follet?
K.F.- Tengo varios nietos que acuden a mi casa de campo. Mi esposa y yo los disfrutamos demasiado; tenemos varias recámaras, cancha de tenis, alberca. Vienen a divertirse los fines de semana. Yo tengo dos hijos y Bárbara mi esposa tiene tres, nos juntamos todos y la pasamos muy bien.
A.H.P.- En otras palabras, usted disfruta cada día de su vida…
K.F.- En efecto, soy una persona muy afortunada y feliz, porque vivo de lo que sé y me gusta hacer: escribir. La familia también es uno de mis más grandes placeres en la vida.
A.H.P.- Cuando usted escribe, es una clase de Chales Dickens moderno; es decir, que no telera ruido alguno, que desea estar solo y no ser molestado…
K.F.- En lo absoluto. Como fui periodista y reportero, estoy acostumbrado a trabajar en cualquier circunstancia y lugar. No puede pedirle a la gente que se calle y que se esté quieta (ríe).
A.H.P.- ¿Se considera usted un escritor neurótico?
K.F.- No, no lo soy, cuando alguien viene a la casa a limpiar, Bárbara, mi esposa, les advierte: “si ven a mi marido caminar por la casa dando vueltas y vueltas y de pronto se les queda mirando como si los odiara, no le hagan caso, está trabajando”. Por momentos no veo nada a mi alrededor, ya que estoy concentrado en mi historia. Vivo por momentos en la Edad Media.
A.H.P.- ¿Qué clase de relación lleva con su esposa? ¿Hablan de sus libros, de literatura en general, ella critica y se interesa por sus trabajos?
K.F.- Hablamos mucho de nuestros trabajos. Ella labora en la política; es miembro del Parlamento y por el momento Ministro de Cultura. Pertenecemos al Partido Laboral y tratamos de no enfatizar nuestras pequeñas diferencias. Ella también está muy interesada en la literatura y poesía. Ahora bien, al tiempo que ella alterna con la Reina y el Primer Ministro, cuando llega a casa le leo un capítulo de mi novela y disfruto mucho viéndola interesarse en mi trabajo.
A.H.P.- Por último, ¿qué puede decir a nuestros lectores que ya son o que desean llegar a ser escritores de renombre como usted?
K.F.- En realidad no doy mensajes (ríe), sólo cuento historias, pero quisiera recomendarles a aquellos que desean ser escritores, que tienen que ser perfeccionistas. Cuando inicié mi carrera pensé dedicarme a los thrillers, por ello la acción era importante como parte del guión, y lo que hacían los personajes sin importar dónde y cómo. Eso fue un gran error mío. Terrible error, ya que es primordial la descripción de cada lugar y momento, es relevante describir cada aspecto de la novela lo mejor que uno pueda hacerlo. Pero yo sé una cosa: aunque haga mi mejor esfuerzo, sé que nunca es el mejor… (ríe)