POEMA SUELTO

MI CIUDAD
Por Alejandro Herrera Parra
A Efraín Huerta,
con toda su poesía por delante.
Yo hablo de la ciudad que nace y muere cada día,
que se levanta con el tedio de las horas diluidas
en un limbo de hastío, smog y desempleo;
yo hablo de la ciudad, esta antigua geografía de miserias,
secuestros y delitos. De sus calles, antros y oficinas
y de la amorfa humanidad que la hormiguea.
Hablo de la ciudad que se enrosca en su propio cascabel y veneno;
que se mata a sí misma en cada anónimo habitante.
Yo hablo de la ciudad donde ya no hay sitio,
donde se amontona la gente, los ideales, la basura;
donde se trafica con la sangre y los salarios.
Donde se convive con políticos de falsas dentaduras
que nos hablan en una lengua extraña de burla e irreverencia;
donde se mendiga en cada esquina con
fantasmas que transcurren sus días casi muertos, secos y drogados.
Yo hablo de la ciudad de las banquetas destrozadas,
de los árboles de plomo y los pájaros de arcilla.
De la fritanga, el charco y la inmundicia; de la enfermedad,
la caspa y las ojeras; del consuelo inmediato del taco y la cerveza.
Del burócrata autómata y su perfumada idolatría,
de su pequeño mundo enajenado, milagrero,
austero y predecible; de su mariachi, su tequila, su acicalada familia.
Yo hablo de la ciudad, de mi ciudad,
ésta, la cínica rabiosa atormentada.
De sus calles en las cuales se deja el alma, la cartera y la sonrisa;
hablo del infame demonio del hastío,
de la perra incertidumbre agazapada y el ansia purulenta
por devenir entre el temor de morirse a cada instante
por un cabrón que reclama sus derechos, su mota, su fatídica mochada.
Yo hablo de la ciudad que da cabida a tanta gente
que en amorfos grupos evidencia sus ideales
con eternas marchas descompuestas.
Ah, ciudad atormentada.
Ah, ciudad ya sin consuelo, sin parques ni recreos.
Yo hablo de la ciudad de las interminables horas
diluidas en el auto respirando mierda y humo
a través de los tableros, y contemplando
lejanos rostros de impávida amargura;
de las peceras que vomitan gente donde sea,
oxidadas láminas que se acercan,
nos provocan y nos retan por placer o por costumbre.
Yo hablo de la ciudad del alcohólico que por las noches
se contenta con tender su cama en las aceras,
aquél que no tiene cubiertos, ni siquiera un mordisco
por consuelo; de la ramera que oficia entre las ingles,
el desvelo y las monedas; del suicida que se reta ante el espejo,
se agacha, se vuelve a ver y no se anima;
de la honorable señora regordeta que
contempla sus tejidos y sus rezos,
sus fotos de familia y todos sus almidonados recuerdos.
Yo hablo de la ciudad del metro serpenteante
en el cual suceden actos que dan pena,
lástima e indolencia; del insólito ciego deambulando,
del atroz cantante sin remedio, del verídico hedor de la pobreza
y de la mirada perdida de todos
los viajeros con destino a la chingada.
Yo hablo de la ciudad a la que yo le importo madres.
La que a veces amanece entre brumas sin querer
mostrar su rostro verdadero. La que seduce con un puñado
de turbias nubes y vespertinos aguaceros.
Ésta, mi ciudad, mi última condena.
El lugar donde las voces se reflejan;
donde camina a tientas la esperanza esquivando fosas y rastrojos.
Donde respira, quedamente, la ilusión de ser cordial,
intencionado, por lo menos amigable.
Ah, ciudad tan perra y tan odiosa.
Ah, ciudad que me atas y desbordas.
Ah, ciudad que me desvelas sudoroso.
Que me prometes tanto y sin respuesta.
Te transito, te recorro, te maldigo.
Te señalo con mis siniestros dedos tumefactos
y te declaro mi pena y mi tristeza siderales.
Te sueño, te alucino y te denuncio. Y nada basta.
Nada bastará para saciar mi estéril desenfreno,
mi pena coagulada y mi tesón erecto.
Mi húmedo deseo y sin abrir los ojos.
Yo hablo de la ciudad que se llevó mi infancia
entre balones, dulces y tranvías.
Que compartió conmigo el silencio de mis dudas y temores,
mis anhelos estirados hasta el filo de la angustia,
mi fracaso anticipado entre mis blandos huesos.
Yo hablo de la ciudad a la que siempre regreso cargado de proyectos.
A la que no puedo dejar como a una esposa odiada;
a la que siempre recurro cuando me siento triste,
solo y un poco enamorado.
Hablo de ti, ciudad, y no me escuchas.
Hablo de ti, maldita ciudad, y no respondes.
De tus noticias rojas en tabloides estelares,
de tus clamores de odio por todas tus esquinas,
de tu triste papel de señora despojada.
Hablo de ti, ciudad, de ti, de ti, insolente cabrona.
Hablo de ti, ciudad, como a una madre,
y pregunto con lágrimas secretos sin respuestas.
Yo hablo de la ciudad en la que habito y me retuerzo;
en la que decidí formar paredes y destinos.
Yo hablo de la ciudad que flota por las noches
y que sacude su larga cola entre gritos y gemidos.
De sus cantinas, escuelas y comercios.
De sus puentes, cruces y avenidas.
Hablo de ti, ciudad; te lo confirmo con mi pulso
y con mi llanto, con la impotencia toda de saberte mía y ajena,
millonariamente compartida en este
individual desfile de espanto y muerte.
Por Alejandro Herrera Parra
A Efraín Huerta,
con toda su poesía por delante.
Yo hablo de la ciudad que nace y muere cada día,
que se levanta con el tedio de las horas diluidas
en un limbo de hastío, smog y desempleo;
yo hablo de la ciudad, esta antigua geografía de miserias,
secuestros y delitos. De sus calles, antros y oficinas
y de la amorfa humanidad que la hormiguea.
Hablo de la ciudad que se enrosca en su propio cascabel y veneno;
que se mata a sí misma en cada anónimo habitante.
Yo hablo de la ciudad donde ya no hay sitio,
donde se amontona la gente, los ideales, la basura;
donde se trafica con la sangre y los salarios.
Donde se convive con políticos de falsas dentaduras
que nos hablan en una lengua extraña de burla e irreverencia;
donde se mendiga en cada esquina con
fantasmas que transcurren sus días casi muertos, secos y drogados.
Yo hablo de la ciudad de las banquetas destrozadas,
de los árboles de plomo y los pájaros de arcilla.
De la fritanga, el charco y la inmundicia; de la enfermedad,
la caspa y las ojeras; del consuelo inmediato del taco y la cerveza.
Del burócrata autómata y su perfumada idolatría,
de su pequeño mundo enajenado, milagrero,
austero y predecible; de su mariachi, su tequila, su acicalada familia.
Yo hablo de la ciudad, de mi ciudad,
ésta, la cínica rabiosa atormentada.
De sus calles en las cuales se deja el alma, la cartera y la sonrisa;
hablo del infame demonio del hastío,
de la perra incertidumbre agazapada y el ansia purulenta
por devenir entre el temor de morirse a cada instante
por un cabrón que reclama sus derechos, su mota, su fatídica mochada.
Yo hablo de la ciudad que da cabida a tanta gente
que en amorfos grupos evidencia sus ideales
con eternas marchas descompuestas.
Ah, ciudad atormentada.
Ah, ciudad ya sin consuelo, sin parques ni recreos.
Yo hablo de la ciudad de las interminables horas
diluidas en el auto respirando mierda y humo
a través de los tableros, y contemplando
lejanos rostros de impávida amargura;
de las peceras que vomitan gente donde sea,
oxidadas láminas que se acercan,
nos provocan y nos retan por placer o por costumbre.
Yo hablo de la ciudad del alcohólico que por las noches
se contenta con tender su cama en las aceras,
aquél que no tiene cubiertos, ni siquiera un mordisco
por consuelo; de la ramera que oficia entre las ingles,
el desvelo y las monedas; del suicida que se reta ante el espejo,
se agacha, se vuelve a ver y no se anima;
de la honorable señora regordeta que
contempla sus tejidos y sus rezos,
sus fotos de familia y todos sus almidonados recuerdos.
Yo hablo de la ciudad del metro serpenteante
en el cual suceden actos que dan pena,
lástima e indolencia; del insólito ciego deambulando,
del atroz cantante sin remedio, del verídico hedor de la pobreza
y de la mirada perdida de todos
los viajeros con destino a la chingada.
Yo hablo de la ciudad a la que yo le importo madres.
La que a veces amanece entre brumas sin querer
mostrar su rostro verdadero. La que seduce con un puñado
de turbias nubes y vespertinos aguaceros.
Ésta, mi ciudad, mi última condena.
El lugar donde las voces se reflejan;
donde camina a tientas la esperanza esquivando fosas y rastrojos.
Donde respira, quedamente, la ilusión de ser cordial,
intencionado, por lo menos amigable.
Ah, ciudad tan perra y tan odiosa.
Ah, ciudad que me atas y desbordas.
Ah, ciudad que me desvelas sudoroso.
Que me prometes tanto y sin respuesta.
Te transito, te recorro, te maldigo.
Te señalo con mis siniestros dedos tumefactos
y te declaro mi pena y mi tristeza siderales.
Te sueño, te alucino y te denuncio. Y nada basta.
Nada bastará para saciar mi estéril desenfreno,
mi pena coagulada y mi tesón erecto.
Mi húmedo deseo y sin abrir los ojos.
Yo hablo de la ciudad que se llevó mi infancia
entre balones, dulces y tranvías.
Que compartió conmigo el silencio de mis dudas y temores,
mis anhelos estirados hasta el filo de la angustia,
mi fracaso anticipado entre mis blandos huesos.
Yo hablo de la ciudad a la que siempre regreso cargado de proyectos.
A la que no puedo dejar como a una esposa odiada;
a la que siempre recurro cuando me siento triste,
solo y un poco enamorado.
Hablo de ti, ciudad, y no me escuchas.
Hablo de ti, maldita ciudad, y no respondes.
De tus noticias rojas en tabloides estelares,
de tus clamores de odio por todas tus esquinas,
de tu triste papel de señora despojada.
Hablo de ti, ciudad, de ti, de ti, insolente cabrona.
Hablo de ti, ciudad, como a una madre,
y pregunto con lágrimas secretos sin respuestas.
Yo hablo de la ciudad en la que habito y me retuerzo;
en la que decidí formar paredes y destinos.
Yo hablo de la ciudad que flota por las noches
y que sacude su larga cola entre gritos y gemidos.
De sus cantinas, escuelas y comercios.
De sus puentes, cruces y avenidas.
Hablo de ti, ciudad; te lo confirmo con mi pulso
y con mi llanto, con la impotencia toda de saberte mía y ajena,
millonariamente compartida en este
individual desfile de espanto y muerte.



1 comentarios:
Este poema refleja la sensacion de vivir en una polis como nuestro defectuoso, aterrador pero magnifico a la vez. Me gustó mucho.
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