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ENTRE LINEAS Y NOTAS Biosstars

Entre líneas y notas, artículos sobre libros, reseñas, poesía, efemérides y demás. Por: Alejandro Herrera Parra, colaborador de Biosstars International

miércoles 22 de julio de 2009

MEXICANOS AL GRITO DE GÜEVA

Por Alejandro Herrera Parra

EL POLICÍA

Este es otro personaje ineludible dentro de nuestra folklórica ciudad-capital, quien raya en lo burdo y lo sinceramente absurdo.
Parece estar cortado con la misma defectuosa tijera que sus colegas-paisanos, tanto por sus atributos físicos, como por su rudimentaria y arcaica conducta.
Posee, quizá como muy pocos seres humanos sobre la tierra, una formidable vocación para el soborno, la corrupción y la negligencia.

Flojo, indisciplinado, ignorante, barbaján, limitado, corriente, pintoresco, borracho, mentiroso y transa, representa - uniforme y chapa respectivas - a la ley en nuestras calles, comercios e instituciones bancarias.
Las semejanzas lingüísticas con relación al burócrata y al albañil son sorprendentes en verdad, debido a que todos ellos proceden del mismo árbol genealógico.
Existen casos cotidianos notoriamente famosos que hablan en abundancia de este personaje.
Uno de estos, quizá el más conocido y nombrado, es la manera en la cual agilizan el tráfico en las calles y avenidas de nuestra contaminada ciudad.
A través del sonido de las destartaladas patrullas, uno puede escuchar una siniestra voz chillona prepotente y apática gritando: ¡Avance, avance, avance¡ con una desesperante monotonía fonética.

Otras expresiones inmortales como:
Oríllese a la orilla, sedán negro oscuro deténgase ahí, avance pa´delante; son joyas semánticas abominablemente curiosas y aberrantes, las cuales debemos conservar como un verdadero orgullo nacional.
Ahora bien, ver bajar a estos personajes de sus patrullas, resulta una prueba irrefutable de la teoría de Darwin.
Por lo común panzones, descamisados, sin casco o gorra, desparpajados, sucios y en una actitud de inconmensurable flojera, se acercan a nuestro vehículo para empezar un diálogo por demás curioso.

¿Qué pasó mi buen, mi estimado, mi güerito, mi valedor? Pos que no se dio cuenta que se pasó el alto…¿no le digo? Aver sus papeles, deje verlos…¡Apoco viene servido?… (al observar que todos los papeles están en orden, desolado pregunta:) Qué…¿cómo le vamos acer? Nos va a tener que acompañar al m. p. (ministerio público)… ¡Ah, no sea payaso¡ esto no alcanza ni para el chesco…el pareja también tiene hambre… búsquese bien…ahí tiene, no se haga, aunque sea también pa la torta.

Una experiencia en el Ministerio Público es algo en realidad inenarrable que en lo absoluto se le desea a nadie, ya que los supuestos licenciados que ahí trabajan están al mismo nivel de los insignes policías.
Todavía recuerdo mi lamentable experiencia.

Me habían asaltado retirando dinero de un cajero automático (había pagado el seguro por vivir en esta ciudad) y los ganapanes se llevaron todos mis papeles, credenciales e identificaciones personales.
Entre todos estos documentos, estaba mi recién plastificada Tarjeta de Circulación.
Ahora, después del desafortunado suceso, había que reponerla por una nueva para evitar problemas posteriores y para llevar al cabo los correspondientes trámites de cambio de placas y pago de tenencia.
En estos tristes casos, lo primero es acudir a la Delegación correspondiente donde sucedió el percance para dar cuenta y levantar un Acta que nos protege de cualquier acontecimiento ilícito posterior.

Llegué a la Delegación correspondiente y me acerqué al mostrador.
Atrás de éste había tres sujetos platicando acaloradamente de los resultados futbolísticos del fin de semana.
Los tres me vieron pera nadie se acercó a mí ni me dirigieron palabra alguna.

Buenos días, comenté con una voz tranquila y controlada.
Igual resultado.
Buenos días, Licenciados, repetí en un tono más alto.

Dígame. Contestó uno de ellos con un tremendo enfado.

Vengo a levantar un Acta. Me asaltaron…

Están desayunando. Siéntese; en un momento regresan. Me contestó el que parecía ser el jefe de los otros dos. Esto lo deduje porque tenía los pies sobre el escritorio y porque era el que lideraba la interesante plática.

Perdone, ¿Tardarán mucho? Pregunté con cierta ingenuidad.

¡Están desayunando! Siéntese. Volvió a decirme el jefe en tono firme.
Esperé cerca de cuarenta minutos y nada.
Nadie aparecía.
Algo que me consoló un poco fue que al igual que yo lo hiciera, fueron sentándose personas que llegaban por varias razones y que terminaban, como en mi caso, sentados en una banca de madera pintada con un color azul cielo deleznable tipo pueblo michoacano.
Desesperado, me levanto y me dirijo de nuevo hacia este trío de inútiles.
Antes de llegar al mostrador, el jefe le comenta a uno de los Licenciados con indiferencia manifiesta: Atiéndelo tú. A ver qué quiere.

Pásele. Me contesta el Licenciado indicándome que pasara detrás del mostrador. Es decir, del lado donde ellos estaban platicando.
¿Qué le pasó?

Me asaltaron y me robaron todos mis papeles. Vengo a hacer una reposición.

¿Dónde fue? Me interrumpió con brusquedad.

En San Angel.

¿En qué calles? San Angel es muy grande.

Entre las calles de… la que está en… la que desemboca a Revolución a la altura del mercado…

¿Cómo se llama?

No lo sé. Contesté casi atemorizado y empezando a sentir unas sinceras ganas de escupirle en la cara al tinterillo de mierda que tenía en frente.

En la Sucursal de qué banco. Volvió a preguntar el sujeto.

Bancomer…

Ya sé cual es. Pero creo que está fueras de nuestra jurisdicción. Espéreme.
Se levantó y cruzó unas palabras con los otros dos personajes quienes seguían platicando del tan amado deporte mexicano.
Se sentó, sacó una hoja de papel, la metió en una máquina de escribir de los años sesenta y sin mirarme me espetó: Describa el caso brevemente y no invente nada.
Empecé a narrar mi cotidiano acontecimiento citadino y él a escribir con una rapidez evidente.
Terminó y se dirigió hacia los otros dos con una lentitud y flojera inmensas.
Lo curioso del caso es que era día lunes a las 9:15 de la mañana.
Regresó con un garabato inmenso (la firma del susodicho jefe) que casi ocupaba la mitad de una de las hojas escritas y me comentó: Tiene que ir a pagar a la Tesorería su reposición. Cuando pague, regresa.

¿Dónde queda la Tesorería, Licenciado?

Hay varias. Pero la que le agarra más cercas es la de Insurgentes, a la altura de San Angel…
Después de definir bien la ubicación de la Tesorería me dispuse a salir.
Evidentemente volví a preguntar en la calle a otro oficial quien me dio, ahora sí, la verdadera ubicación de la oficina de Tesorería.
Al llegar a esta insigne dependencia de gobierno, sentí una enorme flojera por los trámites y las colas que tenía que hacer. Pero no tenía otro remedio.
Perdone señorita vengo a pagar una reposición de Tarjeta de circulación.

Caja tres. Me interrumpió una morena más bien rolliza y con un rostro de sincera amargura.

Buenos días caballero, vengo a pagar esta forma…
Silencio absoluto. Dos sellos en el original y la copia y una mirada de quítese que hay gente detrás de usted esperando turno.
Contento, más bien entusiasmado, me dirijo hacia la Delegación.
Entro, y para sorpresa mía, sólo estaba el jefe de los sujetos anteriores pero ahora acompañado por otros tres ejecutivos de la misma calaña.
Licenciado, ya pagué la forma para reposición de mi...

¿Quién lo atendió?

No sé, era un Licenciado con traje color café claro.

El Pedro. Contesta uno de ellos al jefe que permanecía sentado sin muchas ganas de moverse y de atender a la gente.
Está desayunando. No tarda. Espérelo.

Oiga, pero ya pagué y llené los trámites correspondientes. Tengo prisa.

¿Y qué quiere que haga?

¿No me puede atender otra persona?

No, tiene que ser el que le levantó el acta porque él también tiene que firmar.
Espérelo.
No contesté y me senté sintiéndome un absoluto imbécil impotente ante tanta insolencia e ineptitud. Y pensé; entre otras cosas, que nos descuentan tantos impuestos cada mes para que salgan los sueldos de estos atarantados ineptos.
Decidí calmarme y contar hasta… ¡mil!

Por fin, después de veinte minutos apareció el bodoque que me atendió en un principio con un palillo entre los dientes y oliendo a quesadilla y salsa.

Pásele. Me dijo con la misma flojera y casi hasta enojado porque no le permitía hacer la digestión de su mazacotuda tragadera.
El pago…

Aquí está Licenciado. Le respondía con todo el sarcasmo, y de repente se me abrió el entendimiento y llegué a concluir que si uno se manifiesta del bando de estos pseudo licenciados, logra mucho más que pretendiendo ser civilizado, paciente y tolerante.
Empecé a ubicarme como su amigo de toda la vida.
¿Y qué tal está la chamba jefe? ¿Ha de estar dura, no?

Algo…

Oiga, qué habilidad tienen ustedes para resolver tantos casos al día. ¿Cómo le hacen?

Pus hay que darle macizo, la práctica, es pura cosa de práctica, usted sabe.

¿Ya tiene tiempo en esta Delegación, Licenciado?

Más o menos…
Ya me imagino las cosas que no ha de ver visto…

De todo. De todo un poco.
Aún no había logrado abrir la llave del diálogo y de la camaradería mexicana tan reconocida allende nuestras fronteras. De repente, y como una maniobra de sagacidad y tino, pregunté con cierto descaro:
¿Y a qué equipo le va, jefe?

A las chivas…

¡Vaya, usted sí sabe de futbol! Yo también le voy al rebaño sagrado. Pero van muy mal, ¿No?

De la jodida. No han ganado ni un pinche punto en tres partidos.

¿Contra quién vamos?

Contra la máquina… va a estar cabrón que gánemos…
Yo estaba feliz. Por fin había logrado diálogo y quizá, por simple solidaridad futbolística (aunque evidentemente no le voy a este naco equipo y me importa un carajo el mediocre futbol nacional), podría hasta ahorrar bastante tiempo en los odiosos trámites.

¿Usted no jugó de chavo?

Algo, pero cascarita, ahí en la cuadra con los compas…

¿Qué posición?

La que cayera. Es lo mismo…
De vez en cuando yo era interrumpido por el diálogo que atrás de nosotros tenían el flamante jefe y sus lambiscones subalternos.
Nombre, está poca madre este traje que te comprastes. ¿Cuánto te rifó?

Trescientas lanas. ¿Está varas verdad?

Regalado. Te manchastes con ese precio. ¿Todavía vende ropa su cuñado de tu esposa?

Nel, el güey se abrió porque un día lo abarataron en Tepito con toda su mercancía. Ahora está de velador el güey, pero me dice que se queda dormido bien seguido y nadien se da color.

Yo le llegué a comprar un saco muy chido. Padrotón. Y también me dio buen precio…

Ahora se dio al pedo. Tiene problemas con su ñora.

Es que ese güey es muy manchado. Tiene un resto de movidas. ¿Cómo le hace si gana una madre?

Sabe…
Entre el diálogo y la conversación que tenía con el Licenciado que me estaba levantando el Acta, perdí por momentos el control y concluí con una sincera carcajada ahogada.
Pensé, en manos de estos mequetrefes salvajes está la ley en nuestro país….

Va a ver que le vamos a dar a la máquina.

Nombre, qué va, tan duros esos valedores. A ver léalo con calma y si hay algo equivocado me dice, sino, firma y ya estuvo.

Gracias, Licenciado.
Empecé a leer y me maravillé. “Siendo las trese horas del día quinse del mes en transcurso, en su sucursal del banco de nombre Bancomer, ubicada entre las colindancias de las calles de…”
Era una verdadera joya leer tanta falta de ortografía en medio de una elegancia sintáctica que el mismo Francisco de Quevedo hubiera envidiado.

Muy bien, Licenciado, Todo está clarísimo.

Firme el original y las copias. Que su firma no rebase este límite…

Gracias , Licenciado. ¿Ahora qué sigue?

Tiene que ir la oficina de licencias y tarjetas de circulación que está en las calles de…

Era realmente algo insufrible poder adquirir una maldita Tarjeta de Circulación en menos de seis horas.
Agradecí, salí y me dirigí hacia la otra dependencia.

Lo que también ahí sucedió puede fácilmente imaginarse.
Formas, sellos, colas equivocadas y volverse a formar, mala información, jetas, tortas en algunos escritorios, comentarios pintorescos, ineptitud al máximo y el instinto manifiesto por parte de estos gangsters funcionarios de que uno dé una mochada y se puedan agilizar inmediatamente y casi por milagro todos los trámites correspondientes.

La siniestra verdad y paradoja de este país, es que con un billete más bien pequeño, uno se evita muchas molestias, y así haya cometido una infracción grave, uno agiliza todo por obra y gracia del dinero y sigue su camino campante y con la consciencia absolutamente tranquila y limpia, fomentando y manteniendo la corrupción y la “mordida”.

Este mexicanísimo sistema y actitud de vida, como se verá en otros personajes y funcionarios públicos, se da en todas las negociaciones que uno pueda imaginar.
Tal vez, después de la descarada falta de educación que aqueja a esta insigne nación, la corrupción sea el más grave y costoso cáncer que aqueja y cercena a nuestro país desde hace siglos enteros.

Finalmente, y como otra de sus innumerables virtudes, el policía y el funcionario policíaco es en verdad una maravilla como comensal y degluta prácticamente de todo: Tacos, tortas, sopes, tamales solos y en su presentación de lujo (la guajolota), gorditas, tostadas, quesadillas, garnachas, pozole, panza, cervezas, su ineludible refresco de cola, caldo de gallina, chilaquiles, elotes, pepitas, habas, cacahuates…en fin; gran parte de lo que caracteriza a nuestra deliciosa y nutritiva comida mexicana.

El consejo sincero para nuestros lectores, es no acudir a estas dependencias de gobierno para realizar trámites en horas de alimentos.

El problema es que tragan todo el día.
El precio es muy alto y tardado.

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Muy buena "crónica" de la vida real de un país que parece estar más cerca del "surrealismo". ¡Felicidades!

2 de octubre de 2009 15:56  

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