Mexicanos Al grito de Güeva (Selección)

MUJER AL VOLANTE:
CABRONA CONSTANTE
Por Alejandro Herrera Parra
Querido lector(a), lo reto a una prueba muy sencilla pero infalible: a partir de que lea estas líneas, fíjese en todas las camionetas (ya sean de origen norteamericano, europeo, asiático) que circulan por nuestras congestionadas calles y que sean conducidas por alguna mujer.
Nunca, nunca, nunca encontrará entre el rostro de la conductora una sonrisa.
Por el contrario, constatará con una pasmosa contundencia, una cara larga y enojada que está, literalmente, peleándose con la vida a cada semáforo.
Esta actitud viene a resultar un arquetipo perfecto de la histeria, amargura y frustración de la mayoría de nuestras aztecas platinadas.
¡Qué lástima que Freud no pueda presenciar esto!
Se sorprendería por la abundancia y contundencia de los casos.
En fin, resulta en realidad muy lamentable e indignante comprobar cómo este enorme séquito de princesitas nacionales -remedos inconclusos y burdos de barbies gringas- no puede vivir sin su adorada e imprescindible camioneta.
Ellas suponen darse más status e imagen con estos armatostes de lámina y tratan, sin lograrlo siquiera remotamente, de semejarse a sus enajenadas y frívolas vecinas del país del norte.
Lo más triste del caso es que uno padece a diario a estas histéricas prepotentes cuando circulan con manifiesta arbitrariedad por las calles.
Detallemos: Se pueden estacionar no en segunda -ojalá fuera este el caso- sino en tercera fila para recoger a sus idolatrados retoños; les vale una verdadera chingada detener y entorpecer el tráfico y ocasionar enormes caos y trastornos viales. Pero, según ellas, que se aguante la gente, que se jodan los nacos connacionales. Estas histéricas se lo merecen todo y pueden hacer lo que les venga en gana.
Le guste a quien le guste.
Como ellas mismas opinan, les vale madre los ciudadanos nacos-aztecas.
Pero lo que en verdad indigna -más allá de lo que cualquier persona pueda pensar sobre mi misoginia- es ver a una amargada de estas que mide aproximadamente 1:50 mts de estatura y que recoge a una pequeñita de 40 cms de altura, para meterse en una camioneta enorme, de doce lugares, ocho cilindros y con protecciones delanteras y traseras como si fuera un auténtico tanque de guerra o un judicial de la agrupación antinarcóticos.
Ya una vez dentro de su elegante unidad, esta platinada acomplejada tiene que acercar el volante al máximo porque sus diminutos brazitos regordetes no pueden alcanzarlo; tiene que ponérselo casi encima de sus flácidos pechitos para poder manejar.
La inmensa mayoría de estas menopáusicas enardecidas, casi siempre está hablando por su flamante celular (porque también les vale madre las normas y leyes) sobre temas tan trascendentes como el guiso de la comida, la comedia del momento, lo hartas que están de sus vidas, o la reciente infidelidad de su desmadroso esposo.
Al hablar por su flamante y costosísimo teléfono celular, les vale madres cometer un sin fin de arbitrariedades viales; se dan vueltas sin poner las direccionales, se frenan con brusquedad por cualquier cosa sin previo aviso, le echan a uno encima su enorme carrocería, se pasan las preventivas y los altos, se estacionan donde se les hinchan sus ovarios, vamos; todas y cada una de estas conductas tercermundistas no comprueban sino su fehaciente falta de educación, amargura y enojo existenciales. Además de una flagrante falta de civilidad que parece ser, no les enseñaron en sus opusdeístas colegios de paga.
Ahora bien, sus deslumbrantes camionetotas siempre están repletas de pendejada y media: carriolas, pañales, cojines de la sala de la casa de campo, juguetes, cosméticos, copias de alguna dieta que nunca siguen, toda clase de cepillos para el cabello, algún toperware con restos de frutas, el libro de moda que nunca terminan de leer, envolturas de chocolates y dulces, notas de gasolina, de tintorería, del gas, de la luz….un verdadero muladar (como la habitación en la que dormían cuando eran solteras) lujoso y de piel.
Pero no hay que preocuparse en lo absoluto: el mozo de la casa les arregla (como a niñas de ocho años de edad que dejan su habitación echa un desastre) todo su desmadre en un dos por tres.
Es sabido el odio que se profesan entre ellas a cada instante. Siempre, siempre, siempre -vaya aquí un reconocimiento semántico a nuestro preclaro e insigne ex presidente- están compitiendo por alguna frivolidad absurda. Ya no sólo se pelean a los esposos, los ex novios, los jefes y compañeros de oficina, las bolsas y los accesorios de marca que compran en el extranjero, las casas, los ranchos y las joyas; también se despedazan por poseer la camioneta más grande, del mayor cilindraje imaginable, gastalona a más no poder de gasolina; aparatosa y costosa.
Es más, sus boquitas pintadas se llenan de júbilo y orgullo cuando mencionan el precio de sus camionetas en dólares gringos, porque los pesos mexicanos son muy nacos y ellas no los manejan en su vocabulario exquisito y prolífero.
Es en verdad lastimero pensar que pretendan paliar todas sus deficiencias, complejos, carencias y limitaciones existenciales, encima de cuatro ruedas.
Tratar de maquillar su inmensa soledad que apesta a perfume de marca; su frustración y amargura a lo largo de sus vidas desde sus confusas y mimadas adolescencias, su inexistente proyecto de vida.
Ah…pero nunca faltará un yuppie atarantado y samaritano que consienta a su esposa -también con el manifiesto pavor de quedarse solo- y le complazca todas sus aberraciones, caprichos y exigencias infantiles como comprarle la camioneta que ella más desee.
Cueste lo que cueste. No importa. La reinita lo merece todo.
“Es por seguridad y protección. Ahí van mis hijos”, se justifica a sí mismo sin otro remedio aparente el yuppie-teto.
Sucede que este yuppie plagoso mandilón también es un remedo azteca de sus adorados ejecutivos gringos exitosos, y piensa ingenuamente -porque en el fondo nunca deja de ser ingenuo este chamaquito consentido voluntarioso- que su familia bonita tendrá más status y respeto montada en su camioneta ostentosa.
Señoras, marquesitas, princesitas, reinitas, doñitas, muñequitas, niñas; por favor; la clase no se adquiere con una camioneta, tampoco una sexualidad intensa y cálida, ni una vida plena y tranquila…son mentiras toda es sarta de pendejadas que la publicidad nos atiborra en cada anuncio y a cada momento.
“Menos en más”. Entiéndalo de una vez por todas. Nunca es tarde para recapacitar.
Por favor: No aparenten. No se engañen. No fantaseen.
Mejor sean más humildes, sencillas, congruentes, auténticas.
Menos güevonas y conchudas.
Nadie les va a creer su prepotencia, arrogancia, arranques de nobleza, su rancio abolengo de papel maché y barro.
Entiéndalo -insisto- una cosa es la educación, la clase, las buenas maneras; y otra las desaforadas (para citar a nuestro preclaro “Peje legítimo”) conductas de nueva rica, advenediza y braguetera.
Cásense por amor, y si no sienten esa emoción o no pueden encontrarla, no se casen por dinero; van al fracaso emocional, al engaño, a la infidelidad, a la competición malsana, a la insatisfecha frivolidad, a la irremisible amargura que una pinchurrienta camionetota nunca remediará.
Nunca.
Bueno, si no me hacen caso y les valió una reverenda sombrilla todas estas líneas, por lo menos manejen con precaución y respeto.
Millones de personas se los agradeceremos a diario.
CABRONA CONSTANTE
Por Alejandro Herrera Parra
Querido lector(a), lo reto a una prueba muy sencilla pero infalible: a partir de que lea estas líneas, fíjese en todas las camionetas (ya sean de origen norteamericano, europeo, asiático) que circulan por nuestras congestionadas calles y que sean conducidas por alguna mujer.
Nunca, nunca, nunca encontrará entre el rostro de la conductora una sonrisa.
Por el contrario, constatará con una pasmosa contundencia, una cara larga y enojada que está, literalmente, peleándose con la vida a cada semáforo.
Esta actitud viene a resultar un arquetipo perfecto de la histeria, amargura y frustración de la mayoría de nuestras aztecas platinadas.
¡Qué lástima que Freud no pueda presenciar esto!
Se sorprendería por la abundancia y contundencia de los casos.
En fin, resulta en realidad muy lamentable e indignante comprobar cómo este enorme séquito de princesitas nacionales -remedos inconclusos y burdos de barbies gringas- no puede vivir sin su adorada e imprescindible camioneta.
Ellas suponen darse más status e imagen con estos armatostes de lámina y tratan, sin lograrlo siquiera remotamente, de semejarse a sus enajenadas y frívolas vecinas del país del norte.
Lo más triste del caso es que uno padece a diario a estas histéricas prepotentes cuando circulan con manifiesta arbitrariedad por las calles.
Detallemos: Se pueden estacionar no en segunda -ojalá fuera este el caso- sino en tercera fila para recoger a sus idolatrados retoños; les vale una verdadera chingada detener y entorpecer el tráfico y ocasionar enormes caos y trastornos viales. Pero, según ellas, que se aguante la gente, que se jodan los nacos connacionales. Estas histéricas se lo merecen todo y pueden hacer lo que les venga en gana.
Le guste a quien le guste.
Como ellas mismas opinan, les vale madre los ciudadanos nacos-aztecas.
Pero lo que en verdad indigna -más allá de lo que cualquier persona pueda pensar sobre mi misoginia- es ver a una amargada de estas que mide aproximadamente 1:50 mts de estatura y que recoge a una pequeñita de 40 cms de altura, para meterse en una camioneta enorme, de doce lugares, ocho cilindros y con protecciones delanteras y traseras como si fuera un auténtico tanque de guerra o un judicial de la agrupación antinarcóticos.
Ya una vez dentro de su elegante unidad, esta platinada acomplejada tiene que acercar el volante al máximo porque sus diminutos brazitos regordetes no pueden alcanzarlo; tiene que ponérselo casi encima de sus flácidos pechitos para poder manejar.
La inmensa mayoría de estas menopáusicas enardecidas, casi siempre está hablando por su flamante celular (porque también les vale madre las normas y leyes) sobre temas tan trascendentes como el guiso de la comida, la comedia del momento, lo hartas que están de sus vidas, o la reciente infidelidad de su desmadroso esposo.
Al hablar por su flamante y costosísimo teléfono celular, les vale madres cometer un sin fin de arbitrariedades viales; se dan vueltas sin poner las direccionales, se frenan con brusquedad por cualquier cosa sin previo aviso, le echan a uno encima su enorme carrocería, se pasan las preventivas y los altos, se estacionan donde se les hinchan sus ovarios, vamos; todas y cada una de estas conductas tercermundistas no comprueban sino su fehaciente falta de educación, amargura y enojo existenciales. Además de una flagrante falta de civilidad que parece ser, no les enseñaron en sus opusdeístas colegios de paga.
Ahora bien, sus deslumbrantes camionetotas siempre están repletas de pendejada y media: carriolas, pañales, cojines de la sala de la casa de campo, juguetes, cosméticos, copias de alguna dieta que nunca siguen, toda clase de cepillos para el cabello, algún toperware con restos de frutas, el libro de moda que nunca terminan de leer, envolturas de chocolates y dulces, notas de gasolina, de tintorería, del gas, de la luz….un verdadero muladar (como la habitación en la que dormían cuando eran solteras) lujoso y de piel.
Pero no hay que preocuparse en lo absoluto: el mozo de la casa les arregla (como a niñas de ocho años de edad que dejan su habitación echa un desastre) todo su desmadre en un dos por tres.
Es sabido el odio que se profesan entre ellas a cada instante. Siempre, siempre, siempre -vaya aquí un reconocimiento semántico a nuestro preclaro e insigne ex presidente- están compitiendo por alguna frivolidad absurda. Ya no sólo se pelean a los esposos, los ex novios, los jefes y compañeros de oficina, las bolsas y los accesorios de marca que compran en el extranjero, las casas, los ranchos y las joyas; también se despedazan por poseer la camioneta más grande, del mayor cilindraje imaginable, gastalona a más no poder de gasolina; aparatosa y costosa.
Es más, sus boquitas pintadas se llenan de júbilo y orgullo cuando mencionan el precio de sus camionetas en dólares gringos, porque los pesos mexicanos son muy nacos y ellas no los manejan en su vocabulario exquisito y prolífero.
Es en verdad lastimero pensar que pretendan paliar todas sus deficiencias, complejos, carencias y limitaciones existenciales, encima de cuatro ruedas.
Tratar de maquillar su inmensa soledad que apesta a perfume de marca; su frustración y amargura a lo largo de sus vidas desde sus confusas y mimadas adolescencias, su inexistente proyecto de vida.
Ah…pero nunca faltará un yuppie atarantado y samaritano que consienta a su esposa -también con el manifiesto pavor de quedarse solo- y le complazca todas sus aberraciones, caprichos y exigencias infantiles como comprarle la camioneta que ella más desee.
Cueste lo que cueste. No importa. La reinita lo merece todo.
“Es por seguridad y protección. Ahí van mis hijos”, se justifica a sí mismo sin otro remedio aparente el yuppie-teto.
Sucede que este yuppie plagoso mandilón también es un remedo azteca de sus adorados ejecutivos gringos exitosos, y piensa ingenuamente -porque en el fondo nunca deja de ser ingenuo este chamaquito consentido voluntarioso- que su familia bonita tendrá más status y respeto montada en su camioneta ostentosa.
Señoras, marquesitas, princesitas, reinitas, doñitas, muñequitas, niñas; por favor; la clase no se adquiere con una camioneta, tampoco una sexualidad intensa y cálida, ni una vida plena y tranquila…son mentiras toda es sarta de pendejadas que la publicidad nos atiborra en cada anuncio y a cada momento.
“Menos en más”. Entiéndalo de una vez por todas. Nunca es tarde para recapacitar.
Por favor: No aparenten. No se engañen. No fantaseen.
Mejor sean más humildes, sencillas, congruentes, auténticas.
Menos güevonas y conchudas.
Nadie les va a creer su prepotencia, arrogancia, arranques de nobleza, su rancio abolengo de papel maché y barro.
Entiéndalo -insisto- una cosa es la educación, la clase, las buenas maneras; y otra las desaforadas (para citar a nuestro preclaro “Peje legítimo”) conductas de nueva rica, advenediza y braguetera.
Cásense por amor, y si no sienten esa emoción o no pueden encontrarla, no se casen por dinero; van al fracaso emocional, al engaño, a la infidelidad, a la competición malsana, a la insatisfecha frivolidad, a la irremisible amargura que una pinchurrienta camionetota nunca remediará.
Nunca.
Bueno, si no me hacen caso y les valió una reverenda sombrilla todas estas líneas, por lo menos manejen con precaución y respeto.
Millones de personas se los agradeceremos a diario.



4 comentarios:
ja ja ja está buenísimo. Me encantró lo de "irremisible amargura que una pinchurrienta camionetota nunca remediará"...qué padre estilo.
Pues miren efectivamente yo soy una de las mujeres que ando en camioneta y no es por presumir lo hago por mi seguridad porque es cierto que hay un buen de naquetes en la calle que me ponen en peligro y tanto bache igual.
No deberian de criticar sin saber, ni decir que somos barbies fracasadas, ni odiarnos por ser lindas o ricas. Eso no tiene nada que ver. Envidiosos.
Me hizo reir muchisimo, pero hay varias faltas ho-rro-gra-fi-cas, además de que antes de publicar podrías darle una checadita a la redacción.
Yo no tengo camioneta porque no la necesito y no me gustan tengo un lindo auto que estaciono en donde sea...la mayoria de las mujeres que tienen camionetas no saben manejar, son desorganizadas, sucias y tienen una sarta de chiquillos sucios por igual, que sienten que al ir en la camioneta estan en su casa por tanto juguete y tonterias que suelen llevar sus mamas. Si me dio risa pero me dio coraje ver que es un hombre el que escribio...eso si no me gusto, misogino jejeje
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