En busca del éxito perdido

Por: Alejandro Herrera Parra
Resulta en verdad necesario, por lo menos para tu servidor (y perdona que desde este momento te tutee, pero lo que más deseo es ser directo, abierto y sin formalismos caducos y pedantes), poder aclarar, desmitificar y compartir una buena cantidad de juicios, recomendaciones y consejos en torno a un tema que, si bien es demasiado común hoy día, no deja de seguir presentando una buena cantidad de equívocos, disfunciones y problemas: me refiero al éxito y sus intrincados manejos para alcanzarlo.
Claro que me estoy refiriendo al éxito que está enfocado a los negocios, a las empresas y a la sociedad en la cual se puede obtener éste.
Estoy refiriéndome, de igual manera, a las miles y miles de emociones desperdiciadas, a los anhelos que se caen desde su misma concepción, a las malas interpretaciones que se generan en esta trepidante carrera enloquecida por ser más y mejor, y al descuido lamentable de la gente con respecto a sus valores ético-morales.
Es por todos sabido que la Vida, sí, con mayúscula, está repleta de instantes, de sucesos, de momentos. Una cadena constante de cada uno de ellos. Incesantes. Omnipresentes. Algunos suceden sin siquiera nosotros percatarnos. Otros más permanecen para siempre en nuestra psique. La gran mayoría de ellos -para bien o para mal- transforman nuestra manera de pensar y razonar, de contemplar los hechos y de vivir nuestra existencia.
También habría que destacar la enorme cantidad de ideas que nos invaden sin descanso alguno; los temores, las dudas; los cuestionamientos insoslayables que nunca se alejan de nosotros a lo largo del tiempo: ¿Cuál es el propósito de la vida?, ¿Tendrá propósito alguno?, ¿Qué significa el éxito?, ¿Existirá realmente?, ¿Qué es la felicidad?, ¿Puede alcanzarse?
Este tipo de cuestionamientos provoca un inmenso miedo en la mayoría de las personas. No resulta entonces sorprendente que la gente pretenda estar de continuo ocupada, distraída, ajena a un sin fin de hechos y verdades que apabullan su espíritu y voluntad. Resulta muy difícil que las personas deseen hablar de estos temas con honestidad e interés. La gente se defiende, se repliega, literalmente se evade.
A través de talleres, pláticas y terapias, he podido constatar el constante sufrimiento de la gente; sus adicciones a los noticieros televisivos y radiofónicos en los cuales sólo se habla de muerte, secuestro, devastación, crisis, guerras, deshumanización; sus obsesivas maneras de paliar su autoestima con ropa extremadamente fina y de marca; sus relampagueantes carreras profesionales en busca sólo de bienes materiales; su compulsión por atesorar cosas, casas, autos, personas.
En medio de este escenario espeluznante y vibrante, la gente no alcanza a comprender con claridad qué es lo real en la vida.
Una manera de lograr éxito es justamente darle sentido y veracidad a las cosas. Es saber vivir y convivir con sabiduría, humildad y saber qué se ama, qué se necesita, qué se desea.
El poder tener discernimiento entre los valores que son verdaderos y todos aquellos anhelos desaforados que rayan en lo neurótico y pueril.
He visto a personas aparentemente inteligentes, perseguir al éxito de manera precipitada, estúpida y arriesgada en exceso. Los he visto atentar contra su salud, contra su persona y dignidad; perderse entre los vapores estimulantes y fatuos de pretensiones desmedidas y fantásticas. Llenarse de úlceras, gastritis, colitis, afecciones estomacales, cardíacas, respiratorias, musculares; destruir matrimonios sin ningún reparo, sostener enloquecidos estilos de vida que no les pertenecen.
Son personas hiperactivas que rayan en lo maníaco, personas embotadas diariamente en labores enajenantes y agotadoras.
No dudo de su esfuerzo, persistencia, obstinación; dudo, eso sí, de su sentido común, de su inteligencia.
Espero, con toda sinceridad, que estás líneas que están escritas con la mayor sencillez y buenos deseos de que sirvan de algo, abran y aclaren la conciencia a uno que otro yuppie azteca atolondrado, para que empiece a vivir los días que le quedan de una manera más plena, simple y verdaderamente exitosa.
Ése sí sería todo un éxito para mí.
Resulta en verdad necesario, por lo menos para tu servidor (y perdona que desde este momento te tutee, pero lo que más deseo es ser directo, abierto y sin formalismos caducos y pedantes), poder aclarar, desmitificar y compartir una buena cantidad de juicios, recomendaciones y consejos en torno a un tema que, si bien es demasiado común hoy día, no deja de seguir presentando una buena cantidad de equívocos, disfunciones y problemas: me refiero al éxito y sus intrincados manejos para alcanzarlo.
Claro que me estoy refiriendo al éxito que está enfocado a los negocios, a las empresas y a la sociedad en la cual se puede obtener éste.
Estoy refiriéndome, de igual manera, a las miles y miles de emociones desperdiciadas, a los anhelos que se caen desde su misma concepción, a las malas interpretaciones que se generan en esta trepidante carrera enloquecida por ser más y mejor, y al descuido lamentable de la gente con respecto a sus valores ético-morales.
Es por todos sabido que la Vida, sí, con mayúscula, está repleta de instantes, de sucesos, de momentos. Una cadena constante de cada uno de ellos. Incesantes. Omnipresentes. Algunos suceden sin siquiera nosotros percatarnos. Otros más permanecen para siempre en nuestra psique. La gran mayoría de ellos -para bien o para mal- transforman nuestra manera de pensar y razonar, de contemplar los hechos y de vivir nuestra existencia.
También habría que destacar la enorme cantidad de ideas que nos invaden sin descanso alguno; los temores, las dudas; los cuestionamientos insoslayables que nunca se alejan de nosotros a lo largo del tiempo: ¿Cuál es el propósito de la vida?, ¿Tendrá propósito alguno?, ¿Qué significa el éxito?, ¿Existirá realmente?, ¿Qué es la felicidad?, ¿Puede alcanzarse?
Este tipo de cuestionamientos provoca un inmenso miedo en la mayoría de las personas. No resulta entonces sorprendente que la gente pretenda estar de continuo ocupada, distraída, ajena a un sin fin de hechos y verdades que apabullan su espíritu y voluntad. Resulta muy difícil que las personas deseen hablar de estos temas con honestidad e interés. La gente se defiende, se repliega, literalmente se evade.
A través de talleres, pláticas y terapias, he podido constatar el constante sufrimiento de la gente; sus adicciones a los noticieros televisivos y radiofónicos en los cuales sólo se habla de muerte, secuestro, devastación, crisis, guerras, deshumanización; sus obsesivas maneras de paliar su autoestima con ropa extremadamente fina y de marca; sus relampagueantes carreras profesionales en busca sólo de bienes materiales; su compulsión por atesorar cosas, casas, autos, personas.
En medio de este escenario espeluznante y vibrante, la gente no alcanza a comprender con claridad qué es lo real en la vida.
Una manera de lograr éxito es justamente darle sentido y veracidad a las cosas. Es saber vivir y convivir con sabiduría, humildad y saber qué se ama, qué se necesita, qué se desea.
El poder tener discernimiento entre los valores que son verdaderos y todos aquellos anhelos desaforados que rayan en lo neurótico y pueril.
He visto a personas aparentemente inteligentes, perseguir al éxito de manera precipitada, estúpida y arriesgada en exceso. Los he visto atentar contra su salud, contra su persona y dignidad; perderse entre los vapores estimulantes y fatuos de pretensiones desmedidas y fantásticas. Llenarse de úlceras, gastritis, colitis, afecciones estomacales, cardíacas, respiratorias, musculares; destruir matrimonios sin ningún reparo, sostener enloquecidos estilos de vida que no les pertenecen.
Son personas hiperactivas que rayan en lo maníaco, personas embotadas diariamente en labores enajenantes y agotadoras.
No dudo de su esfuerzo, persistencia, obstinación; dudo, eso sí, de su sentido común, de su inteligencia.
Espero, con toda sinceridad, que estás líneas que están escritas con la mayor sencillez y buenos deseos de que sirvan de algo, abran y aclaren la conciencia a uno que otro yuppie azteca atolondrado, para que empiece a vivir los días que le quedan de una manera más plena, simple y verdaderamente exitosa.
Ése sí sería todo un éxito para mí.



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